miércoles, diciembre 05, 2018

“Rentería, el apóstata” de Atotonilco

Por Andrea Susana Ledesma Guzmán

El Portón de las leyendas
Las narrativas que se publican en esta sección, son productos de aprendizaje del curso-taller
“Expresión Oral y Escrita”, impartido por el Mtro. Pablo Huerta Gaytán. Fueron redactados por
alumnos del primer semestre (ciclo 2017-B) de la Licenciatura en Negocios Internacionales, de
Centro Universitario de Los Altos, de la Universidad de Guadalajara.

Entre los habitantes del vecino poblado de Atotonilco el Alto, se conoce una leyenda por demás curiosa, en ocasiones es difícil discernir o distinguir entre la leyenda y la historia por lo que haya de verdad en ésta. Pues resulta que allá durante la segunda mitad del siglo XIX, en plena época de la Reforma, existió un sacerdote que por obscuros motivos renegó de su investidura, se dice que se apellidaba Rentería y el pueblo lo conocía como “Rentería el apóstata”. 
Él se dedicaba a asaltar los templos, robando todo lo de valor que pudiera existir en estos lugares de oración, como son las custodias, los cálices, peañas y coronas de los santos, los ornamentos sagrados y las vestiduras bordadas en oro con las incrustaciones de piedras preciosas, candelabros de oro o de plata recamados con perlas y pedrería muy valiosa, crucifijos de plata y de oro, en fin, todo lo de valor que tuvieran las iglesias. 
Todo lo que robaba lo escondía en algún lugar entre Ocotlán y Atotonilco, eran muchos los que lo habían seguido, pero se les perdía en lo más espeso de los montes, sin que la gente pudiera ver el sitio de su escondite. Algunas personas de Ocotlán afirman que varias veces vino a asaltar la capilla de La Purísima; cuentan que venía montado en una mula muy grande de color negro y traía una capa también negra, se hizo pasar por un sacerdote enviado de la ciudad de Guadalajara, ese día dijo misa y dirigió un rosario; cuando la gente se fue a dormir, él aprovechó para llevarse todo lo de valor que existía en el recinto, desde las alcancías, hasta las joyas que tenían los santos de esta capilla, junto con las custodias y los copones; de madrugada cargó todo en su mula prieta y salió del pueblo con rumbo desconocido. Ese era su modo de operar: Se ganaba la confianza de la gente haciéndoles creer que era un sacerdote habilitado y así se introducía en los templos para apoderarse de todo lo que pudieran tener valor. 
El gobierno, cansado de las tropelías de este renegado, organizó una batida general en toda la región y logró encontrarlo cuando llevaba el botín del último de sus robos. Fue capturado y tras un juicio sumario, se decidió ahorcarlo; se le sentó en su mula prieta con las manos atadas a la espalda y le pusieron una soga al cuello, le dieron un varazo a la mula y ésta comenzó a andar, dejando colgado a Rentería quien se balanceaba de la rama más alta de un mezquite. 
Decían que la mula prieta comenzó a andar y la gente fue tras ella, los llevó directo al tantas veces buscado escondite de Rentería; era una cueva ubicada en el cerro de la Peña Colorada, llamada así por estar teñida de color ocre, debido a las sales minerales de hierro del que es rico este cerro. Pero al llegar a la sala del tesoro vieron que estaba tapada con una gran piedra imposible de mover y oían el ruido del agua que goteaba de la caverna que parecía decir “todo o nada”, deberían llevarse todo el tesoro o no podrían llevarse nada. 
Se dice que quien quiera llevarse el botín sagrado, deberá ir a cada uno de los templos que fueron saqueados y pedir perdón a nombre del bandido, sólo así la cueva de Rentería, llamada del “todo o nada”, se abrirá por sí sola durante un sábado de Gloria. 
Se cuenta que por las noches se ve a la mula prieta, vagando por los antiguos caminos reales más solitarios, llevando a todo aquel que quiera conocer el sitio en el que se encuentra este fabuloso tesoro que está a la espera de aquel osado explorador que sepa hallar la manera de abrir la piedra que cubre la cueva del tesoro.

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