miércoles, diciembre 05, 2018

Vidas Antiejemplares

Javier Contreras

En un país, muy, muy lejano, hubo una vez un príncipe que aprendió en su vida que todos los que le rodeaban estaban ahí sólo para servirle. En su día a día, dejaba la ropa sucia en el suelo y “alguien” la recogía; se bañaba y dejaba el baño sucio y las toallas tiradas y él sabía que siempre “alguien” recogía y limpiaba el baño y “alguien” se hacía cargo de que las toallas volvieran a aparecer limpias y dobladas en su lugar para cuando el “principito” las requiriera. Era como si hubiera magia rodeando su vida: se salía del cuarto de juguetes dejando un tiradero y cuando volvía a entrar, todo estaba en orden y limpio. 

Cuando el “bebé” creció y tuvo edad para ser adulto, él siguió esperando que todos los que le rodeaban siguieran siendo sus “pajecitos”, sus sirvientes… y se admiraba que ya no hubiera “magia en su vida”; llegaba de trabajar y encontraba en su casa el mismo tiradero que él había dejado en la mañana; y se preguntó: ¿qué está pasando? Entonces se dio cuenta que la magia estaba en su mamá que siempre se había hecho cargo de su tiradero y lo había tratado siempre como un bebé y lo había hecho un atenido que veía siempre como algo muy normal que hubiera alguien que le sirviera. Así había sido siempre su vida, eternamente con alguien que le solucionara sus problemas, invariablemente con alguien que juntara su basura; Y ahora era un adulto, ya no había más magia en su vida, ahora lo que no hiciera él, nadie más lo haría. Se puso a pensar y pensar: ¿qué haré? Y se dijo: ah ya sé, me conseguiré a alguien que me sirva permanentemente, me casaré 

Y así, pensó que necesitaba a una mujer en su vida para que le sirviera. No buscaba una compañera de vida, no buscaba a alguien con quien compartir su suerte, alguien que en pareja con él luchara las cotidianas batallas de la vida; no, buscaba alguien que le sirviera. Pero cuando fue a buscar a la chica, no le dijo que estaba buscando una sirvienta; sino que sólo le dijo que la quería… y aquí no se entendieron: Ella entendió que él la amaba; pero cuando él dijo que la quería, se refería a que la quería como sirvienta permanente en su vida, para sustituir el hueco que dejó vacío su mamá cuando él al crecer, abandonó la casa paterna. Y con este engaño en común iniciaron un matrimonio, que por principio de cuentas no era matrimonio, sino una sociedad de servicio en la que ella estaba para servirlo a él de manera permanente y sin sueldo y él estaba para mandar y ser servido. Por eso nunca se entendieron: cada uno esperaba una cosa diferente de la misma situación. Ella creía que sería la reina en su castillo y sólo fue la cenicienta. A él le parecía muy lógico que ella se hiciera cargo del servicio de la casa, que fuera la sirvienta de facto, como en su momento, había sido su mamá: él quería reproducir, el mismo esquema que había visto en su casa. Y, ¿cómo podría pensar de otra manera, si así había aprendido que eran las cosas, que así funcionaba el mundo?... Así lo habían formado… ¡él aprendió que así funcionaba el mundo! No aspiraba a más, sino a que todo siguiera funcionando tan “bien” como siempre había funcionado. Por qué hubiera querido que cambiara el mundo, o por qué su hubiera cuestionado si era justa su forma de ser, si así era cómodo vivir para él. 
Cuando frecuentemente fue necesario conversar en pareja para solucionar los mil y un problemas de la vida, nunca hubo diálogo; pues no había nada qué discutir: las cosas estaban bien como él se imaginaba que deberían de ser, y su esposa sólo debería de aceptarlas, pues “para eso era su esposa”, ¿ o no? Así era la vida, ¿o no? Así deberían ser las cosas, ¿o no? 

II 
En otro país, también, muy, muy lejano, hubo una vez una princesa que fue “educada” alimentándola con la certeza de que por bella y por princesa, lo merecía todo; creció dando por sentado que “alguien” se tendría que hacer cargo de su vida. No creía que tuviera que preocuparse por averiguar cómo llegaba la comida a la mesa, eso era asunto de papá cuando pequeña y de su esposo, cuando mayor. Y cuando pensó en casarse, dio por sentado que quien la quisiera, tendría la obligación de mantenerla, en pago del favor de ser aceptado. Eso le parecía de sentido común: los hombres mantienen a las mujeres, las bellas son sostenidas en sus necesidades por los varones. ¿Por qué habría de esperar otra cosa de la vida, si eso era lo que había vivido siempre? 

No pensó en que ella tendría que navegar por la vida y que necesitaba un compañero de lucha; no pensó en la posibilidad de conseguir un compañero de equipo para hacer el trabajo juntos; no, pensó en conseguirse a uno que la financiara, uno que le solucionara el problema: y creyó que era de lo más normal, que las cosas así sucedieran. Cuando platicaba con sus amigas sobre las virtudes que deberían adornar a los potenciales pretendientes, el hecho de que tuvieran recursos económicos sobrados era la cualidad número uno; las otras virtudes deseables, como ser leal a la compañera, saber trabajar en equipo, querer aprender de la vida, hacer el trabajo juntos o ser un buen amigo: eso pasaba a segundo término; eran cosas anheladas, sí, pero sólo a condición de destacar en la primera virtud. 

Aquella chica decía que buscaba un esposo, pero lo que buscaba era un padrino, alguien que le solucionara la vida; no buscaba un compañero con quien pelear las batallas del futuro, sino un patrocinador: alguien que saliera a pelear por la vida, mientras ella esperaba en las altas torres de su castillo, jugando canasta con sus amigas. 

Y es que la princesa de este cuento, sabía que cuando sus amigas se casaban con alguien de pocos recursos, la mujer tenía que trabajar mucho en la casa o en el negocio familiar; pero cuando se casaban con alguien de profesión próspera, podían darse el lujo de pagar a algún sirviente para que se ocupara de las tareas penosas de la casa; luego la conclusión era muy simple: un marido con dinero es más conveniente. 

Pero, ¿estaba pensando en casarse con su mejor amigo, para poder disfrutar juntos todos los momentos que pudieran? ¿Aceptaba a su pareja por que le había visto cualidades de diálogo, al enfrentar una dificultad en común? ¿Lo conocía, y sabía que cuando los problemas de la vida apretaran, él no la abandonaría sino que estaría ahí partiéndose el alma junto con su esposa para solucionarlos? Todo eso no lo sabía, sólo se fijó en que el tipo tenía dinero y en que ella tendría sirvientes y sería la reina en su propio castillo, como antes había sido la princesa en el reino de su mamá. Aseguró su estatus, pero no su futuro. Todos los problemas que tuviera en lo que quedaba de su vida, serían consecuencia de esta decisión. 

E igual que en el caso del príncipe, cuando frecuentemente fue necesario conversar en pareja para solucionar los mil y un problemas de la vida, nunca hubo diálogo; pues no había nada qué discutir: las cosas estaban bien como ella se imaginaba que deberían de ser, y su esposo sólo debería de aceptarlas, pues “para eso era su esposo”, ¿ o no? Así era la vida, ¿o no? Así deberían ser las cosas, ¿o no? 

Cuando se educa a alguien enseñándole que así se hacen las cosas, y se procede de este modo porque sí; mientras el modo de obrar sea cómodo para él, nunca se cuestionará la justicia o la pertinencia de lo que hace, y querrá continuar con su modelo de vida; y no entenderá por qué las cosas no le salen bien: Creerá que tiene mala suerte, que se equivocó con su pareja, que el destino le es adverso… nunca podrá entender que cuando puso los cimientos de la construcción de su vida, el moldeó los futuros problemas que habían de venir, nunca entenderá que la raíz de sus problemas y la solución a ellos estaban en él. 

Por todo en la vida se paga algo, nada es gratis; salvo el sol y la lluvia. Cuando alguien espera que otro le regale la vida, que le solucione las cosas, tal vez debería preguntarse el por qué otro debería de juntarle su basura, por qué otro habría de solucionarle los problemas de gratis… y sí, ¿sería de gratis? Cuando dos se juntan a hacer un trabajo en equipo, los dos dan por sentado que cada uno va a aportar algo, de otra forma no tratarían de hacerlo entre dos, si dieran por sentado que el otro no aportará nada, entonces tal vez pensarían en hacerlo solos. 

Algunas personas fueron formados en una familia donde no sólo de bebés sino de toda la vida, sus padres les solucionaron la vida a cambio de nada; y ellos dieron por sentado que “alguien” les habría de soportar la existencia. Y luego, cuando transitan por el mundo, dan por sentado que otros, no ellos, tienen la obligación de resolverles las cosas: y estos otros serán sus papás, o sus parejas o el gobierno o la empresa para la que “trabajen”, etc. Y cuando no suceda así, su única alternativa será en su momento: desentenderse de sus papás, cuando estos ya no sean una solución a sus necesidades; abandonar a su pareja, cuando ésta ya no acepte someterse de buen talante y buscar otra que sí acepte ser su esclava; ingresar a un partido político que critique por sistema al gobierno en turno y dedicarse a aumentar las cifras de los resentidos que se la pasan criticando a los que si hacen algo y no hacer nada por mejorar a su país; abandonar un trabajo tras otro, y dedicarse a hablar mal de su actual patrón y de los anteriores. 

Lo que aprendimos de niños queda grabado en nuestro subconsciente y guía nuestra vida. Y a veces no lo sabemos, pero tomamos decisiones sobre la lógica de los conocimientos que tenemos guardados en nuestro subconsciente 

Nosotros decidimos en base a la información que tenemos como verdad, a lo que creemos que es lo correcto, porque así aprendimos que era y no nos damos cuenta que tomamos decisiones en base a nuestra información guardada, simplemente creemos que es lo correcto y hacemos. Con este actuar, con esta forma de hacer las cosas no nos damos cuenta que solos nos tendremos trampas, porque actuamos de acuerdo con nuestro pasado y creemos que nos suceden cosas malas por mala suerte sin darnos cuenta que nosotros mismos las estamos ocasionando por no reflexionar en lo que hacemos y actuar simplemente como dormidos con lo que tenemos grabado automáticamente en nuestro subconsciente. Como decía Carl Jung, uno de los pilares de la ciencia de la psicología, “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú le llamarás destino.”

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