domingo, febrero 10, 2019

LA NIÑA DE LA BARRANCA DE EL PICHÓN

Juan Rosales C.

Kore salió al mundo moderno como icónica figura teñida de rojo y verde; de este color un crespón orlado de FE y atado con ligaduras de sacrificios reales, soportados con el rojo de fuego vestido hecho. Idóneo para soportar el martirio pactado con amor, con deseo, con vehemencia por pagar la deuda contraída, ante la importada figura Guadalupana que sepultó a Coatlicue, la madre tierra y madre nuestra; así como de todas las deidades habidas y sin haber… 
Capa y vestido, vestido y capa uniforman su promesa, su manda. 
Mientras, muchos, siguen adorando su falda de serpientes; un lujo celestial su vestimenta. Ya Kore la conoció en la Barranca de el Pichón como Guadalupe, la “Morenita” del Tepeyac. 
Un pueblo en la hondonada que nació grande. Se mezcla con los paisanos atraídos por la FE a la taumaturga imagen, y otros “jalados” de más al norte, hacen reventar el espacio, insuficiente para contenerlos en la víspera y el mero día, el mero 12 de diciembre. 
El Pichón activa emocionalmente a Nayarit, y también a las autoridades que con “relumbrones” visten la Barranca. Kore tenía prisa por nacer. Dos meses antes ya urgía su salida; desde ese instante al “unísono” con sus padres pidieron a su milagrosa señora que naciera con bien. 
Para un 12 de octubre, aunque no consciente de lo que se sentía, lloró por el dolor de su madre, lloró por la angustia de su padre; lloró por la pobreza de la capilla de su Barranca. Esta promovida por sus ancestros de apellidos Alonso y Estrada, en los albores del siglo XX “ajuareada” tan solo de palma y madera. 
Túnica roja y verde capa, bicolor combinación la acompañó 12 años de su hermosa vida: desde los dos meses inició el pago de su deuda no contraída, testada de sus progenitores. 
Abrazada en turnos, y desde los cuatro, caminando al lado de ellos impecablemente ataviada con los guadalupanos colores. 
Avanzar lenta y simultáneamente las rodillas, una a una en el agreste piso se convierte en apenas abonos de lo que su angustia y su acendrada fe religiosa tatuada milenariamente, hicieron ante la falta de confianza de que naciera Kore –y ya tenían su nombre y la certeza de su sexo-; no confiaban en la natividad. A los 12 años fue absuelta de su promesa o manda por el vicario de la Cruz de Zacate de Tepic, capital de su diócesis. 
Como “reguero de polvora” y de manera exponencial aumentó la FE cuando algunos fieles propalaron el rumor de que la simbólica imagen “lloraba sangre”; generando que la religiosidad de Nayarit y de pueblos hermanos del sur de Sinaloa se haya visto inflamada de manera sensible. ¡Ahhh!, mi México lindo y querido. 
Nomás aquí “no rifa Juan Diego –Perdón, San Juan Diego-; acá la vestimenta de los infantes en esa alegoría, es el atuendo Cora. 
En lo demás, igual que las sinnúmero fiestas patronales de nuestro ajado pero feliz México: entre el poder de la Cruz y de la Bandera el siempre exprimido es el feligrés, sinónimo de víctima. Pero eso, sí, se siente pleno. “Ya no sabe que santo es la virgen”. Así, de esta manera, fue naciendo una cifra cabalística en La Barranca de El Pichón, el : de la anual fiesta guadalupana, del 12 de octubre, día en que Kore nació, de los 12 años durante los cuales cubrió su adeudo. ¿Cuándo se tendrá noticia de una manda hecha por y para los adultos “¿conscientes?”. Sin “chivo expiatorio”. 
Del santuario, extramuros: una verdadera polifonía hecha de rezos, jaculatorias, llantos, risas, ayes de dolor que brotan de las rodillas y pies. Policromía hecha de intensos colores que brillan desde los “ajuares” de los danzantes “prehispánicos”; del rojo y verde del primigenio vestido de Kore, que debía portar pa’ que más “valiera” la intención de pago. 
Como grandes contrafuertes y otros no tanto, yacían los trajinados puestos de los marchantes que “encandilaban” con su labia aderezada de olores y sabores la mente de los paganos, para que no se arrodillaran ayunos, ni se postraran sedientos; para así entonar “el somos cristianos y somos mexicanos” en la tesitura pertinente; circunstancias que solo sus productos proporcionan. 
A partir de los 13’s (treces), queda en el fondo del barranco kilómetros de estrofas de alabanzas; kilos de pasión; regados los caminos de notas musicales exhaladas por las sonajas y pies de los danzantes; de los coros, de las letanías. 
Hasta donde la vista alcanza lastimada por el llanto, el polvo y el humo del dinero hecho pólvora; se divisa 
La Barranca de El Pichón, donde nació “La niña del Pichón”, donde yace la FE sobre una bendita alfombra de guadalupano verde.

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