domingo, febrero 10, 2019

Parejas disparejas

Javier Contreras

No todas las parejas son parejas, la mayoría son muy disparejas; no se aman igual el un al otro, siempre hay uno que ama más, aunque el que ama menos siempre piensa que ama más. Pero eso no lo podemos discutir porque no hay un aparato como el termómetro, que pudiéramos poner a la persona y medir su capacidad de amar; este asunto siempre va a quedar a nivel estimativo. Cada uno piensa que ama al otro suficiente o hasta más de lo normal, y a veces cree que no es correspondido en la misma proporción en la que él da… pero eso es también una constante en la vida… con frecuencia cree uno que la vida le queda a uno debiendo y que no es pareja… y tal vez sí o tal vez no… 

Todos creemos que amamos, y sí, sí lo hacemos; pero hay de amores a amores: no es lo mismo amar a tu perrito que tu hijo; aunque no falta quien sustituya un amor con el otro. Pero también hay un tipo de amor a la pareja, que es diferente que a los hijos, que a los hermanos, que a los amigos, que a la humanidad, que a la naturaleza; aunque todos tienen un punto en común: el deseo de cosas buenas, o manifestación de buena voluntad, hacia lo amado. También el amor es diferente, según nuestro nivel personal de desarrollo: cuando uno es bebé el amor a nuestra mamá es muy interesado y egoísta; dice uno que la quiere mucho, pero lo real es que de ella salen todos los satisfactores que uno necesita; si tenemos hambre, llega la mamá con el biberón y asunto resuelto; si tenemos sueño, frío, si estamos sucios, etc., siempre llega la mamá y mágicamente nuestro problema desaparece; entonces cada que la vemos nos sentimos felices, pero es puro egoísmo, es pura conveniencia; nos sentimos felices de verla porque cada que la vemos nos satisface una necesidad, no porque queramos hacer algo por ella. En cambio el amor de la mamá por el bebé es amor puro, ella siempre está dando y el otro zángano nomás recibiendo; pero el caso es que la mamá, como su amor es puro, no ocupa retribución; ella atiende al bebé y con el sólo haberlo hecho, ya se siente retribuida suficiente y demás. 

Pero, entre el amor puro de la mamá y el amor egoísta del bebé, hay una enorme escala de grises, en donde estamos ubicados nosotros, simples mortales, con una imposibilidad práctica para definir dónde estamos parados… pues todos creemos que amamos mucho; pero también el bebé zángano lo cree, (y está seguro de que la quiere con toda el alma, aunque su amor no pase de un sentimiento de felicidad cada que ve a la persona que siempre le está satisfaciendo). Igual nosotros de adultos, podemos confundir el amor que sentimos por nuestra pareja, con el sentimiento de felicidad que experimentamos al ver a la persona que nos satisface cotidianamente. Por esta confusión resultan muchos divorcios, pues creían que amaban al otro ( es decir creían que sentían satisfacción con sólo disfrutar de la presencia del otro, con sólo procurar su felicidad) cuando en realidad se sentían felices de estar cerca de quien los satisfacía… por eso, en cuanto no necesitaron biberón que les pudiera proporcionar el otro o quisieron un biberón de otro sabor, dejaron de sentir felicidad con su pareja y pensaron en buscarse otra que les satisficiera su nuevo deseo. En esos casos, puede ser que cuando menos uno de los dos miembros de la pareja, tenía amor infantil, como el de un bebé: sólo buscaba quien lo satisficiera. 

Como la mayoría de las personas no hemos logrado nuestro pleno desarrollo, no somos 100% adultos; todos somos medio adultos y medio niños, en diferente proporción cada quien. Y en la medida en que somos un poco niños; cuando nos relacionamos con los demás, lo hacemos como lo hace un niño; es decir, no establecemos relaciones entre dos adultos, sino entre uno que es un tanto por ciento niño con otro que es otro tanto por ciento niño; pero cada uno creyendo que es adulto, muy adulto, suficientemente adulto. Entonces, como partimos de esta lógica, de que nosotros estamos bien, la única explicación plausible, es que cuando las cosas no funcionan, es culpa del otro. Pero decíamos que somos medio niños, niños en cierta proporción; Y por eso, porque no somos completamente adultos, es que no nos podemos ver a nosotros mismos… y darnos cuenta de hasta dónde somos adultos o hasta dónde no lo somos. 

Entre más niño es una persona, más, al relacionarse con otros, buscará inconscientemente, que su pareja haga el papel de papá o mamá, es decir de un satisfactor de necesidades. Y ojo, no lo hace conscientemente, sino inconscientemente. Así, conscientemente pensará que busca pareja para establecer una relación de adultos, pero inconscientemente, estará buscando a la mamá o al papá que le ayuden a seguir viviendo su vida de siempre, es decir de niño (que él cree que será una vida de adulto, porque así piensa él que es la vida de un adulto). 

Un adulto es alguien que se puede hacer cargo de su vida y de la de otros; un niño es alguien que necesita a una “mamá” o a un “papá” que se hagan cargo de su vida, que depende de otro que le solucione sus problemas, independientemente de la edad que tenga. Entre más adulto sea una persona, más será capaz de solucionar sus asuntos personales (desde conseguir comida, o recoger su basura hasta lavar sus propios calzones o conseguirse su propia compañía); entre más niño sea alguien, más dependerá de que “otros”, llámese mamá, esposa o lo que sea, le resuelvan la vida, más se lamentará de que la vida o los otros son injustos, porque no le dan lo que él espera, lo que él cree que merece, etc. 

Desde esta lógica, entre más discuta una pareja, será que sus miembros son proporcionalmente más niños; entre menos discutan, podría llegar a significar, que son más adultos… podría. Porque una pareja que discute mucho, más que pensar en dos adultos que no se ponen de acuerdo, tendremos que pensar en dos niños discutiendo por un juguete, dos niños exigiendo que el otro se adapte a ellos, o dos perros peleando por definir quién es el jefe. Un adulto completamente desarrollado, al relacionarse con un niño, cede: no pelea por un juguete, sino que se lo cede al niño; no pelea por dónde jugar, sino que se adapta al menor. Un adulto, por que es consciente de su mayoría de edad con respecto al bebé, sabe que no necesita demostrárselo, sabe que no necesita ganarle; y más bien al suponerlo indefenso, su primer impulso es protegerlo, no pelear contra él. Siempre, el más adulto de los dos en una relación, se adaptará al que actúa más como niño; pero el más niño de los dos, por su misma inmadurez, no estará consciente de que jalaron con él, sino que pensará que ganó porque le asistía la razón: creerá, que convencieron sus argumentos; supondrá, que el otro se rindió ante la fuerte evidencia de sus razones; y esta conclusión tonta que deduce el insensible, será el motivo de nuevas y constantes disputas en la familia y en la pareja. 

Y decíamos que en una pareja, el más maduro es el que cede; pero también puede ser que el que tolera, sea el que más ama. Y puede ser que ame mucho, y por ello consienta mucho. Todos sabemos de personas que en discusiones familiares, siempre ceden ante el otro, “para llevar la fiesta en paz”; pero esto da como resultado una de dos: el que siempre jala, o se hace santo o truena; y el que siempre se sale con la suya: se transforma en un eterno niñote o niñota (aunque tenga muchos años de edad) acostumbrado a que en su casa todo se haga a su modo, y toda la familia se tiene que hacer a la idea de que en ese ambiente o se baila al son que la mamá o el papá toca o arde Troya. Son seres intransigentes, acostumbrados a que todo se haga a su modo y que se justifican con argumentos pueriles como que les gustan las cosas “bien hechas”, o que defienden la moral y las buenas costumbres, o que es un asunto de religión, o que defienden la autoridad del mayor, etc.; y que se aprovechan de la bondad de su familia para ser una eterna espina clavada o una constante piedra en el zapato de todos los que les rodean… 

No todas las parejas son parejas…

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