sábado, marzo 02, 2019

Agilidad emocional

Etimológicamente, el término agilidad hace referencia a la aptitud de las personas de ejecutar de forma rápida y eficaz una tarea. Así, cuando hablamos de agilidad mental estamos circunscribiendo esta habilidad al plano intelectual. En este sentido, la agilidad mental puede definirse como la capacidad de cambiar de sistema de referencia, de planificar, de iniciar una actividad, de reflexionar de manera creativa y de adaptarse a las exigencias de los cambios. Se trata, según el investigador William von Hippel, de “la capacidad de sacar las cosas de la memoria según sea la circunstancia particular a la que se enfrente la persona”. A medida que transcurren nuestras vidas, los seres humanos contamos con pocas maneras de saber qué rumbo tomar o que nos aguarda. Las emociones desde la ira que nos ciega, hasta el amor que nos hace tener los ojos abiertos, son las respuestas físicas inmediatas que da el cuerpo a señales importantes procedentes del mundo exterior. 
En algunas situaciones, nos ayudan a ver más allá de los fingimientos y las poses; funcionan como una especie de radar interno que nos da una lectura más exacta y perspicaz de lo que realmente está ocurriendo en una situación dada: ¿Quién no ha experimentado esas sensaciones viscerales que nos advierten que “este tipo está mintiendo” o “algo está inquietando a mi amiga a pesar de que dice que está bien”. Por supuesto, la mayoría de los adultos raramente cedemos el control a nuestras emociones hasta el punto de tener comportamientos públicos inapropiados que tardan años en olvidarse. 
Lo más probable es que actuemos de una forma menos teatral pero más insidiosa. 
La agilidad emocional no consiste en controlar los pensamientos o en esforzarse a pensar de forma más positiva. La agilidad emocional tiene que ver con relajarse, calmarse y vivir con mayor intención. Se trata de elegir cómo responder al sistema de alerta emocional. La agilidad emocional abre este espacio que hay entre cómo nos sentimos y lo qué hacemos en relación con nuestros sentimientos y ha demostrado ser útil para afrontar distintos problemas: imagen negativa de uno mismo, angustia, dolor, ansiedad, depresión, tendencia a la postergación, transiciones difíciles, etc. 
Todos hacemos esto de una manera u otra. 
Le damos vuelta a la manzana que son nuestras vidas caminando – o corriendo – una y otra vez, obedeciendo reglas que están escritas, que están implícitas o que simplemente imaginamos, aferrados a formas de ser y hacer que no nos útiles. A menudo creo que actuamos como juguetes a cuerda que chocan repetidamente contra las mismas paredes: no nos damos cuenta de que puede haber una puerta abierta a nuestra izquierda o a nuestra derecha. 
Mientras tanto la cultura consumista fomenta la idea de que podamos controlar y arreglar la mayor parte de los asuntos que nos preocupan y que debemos eliminar o reemplazar aquello que no podemos arreglar, ¿te sientes infeliz en tu relación? Encuentra a otra persona. Cuando no nos gusta lo que ocurre en nuestro mundo interior, aplicamos la misma mentalidad: vamos de compras, buscamos un nuevo terapeuta, cambiamos de pareja o decidimos arreglar nuestra propia infelicidad e insatisfacción por medio de “pensar positivo”. 
Desafortunadamente, nada de esto funciona muy bien. 
Tratar de corregir los pensamientos y sentimientos perturbadores nos lleva a obsesionarnos con ellos de forma improductiva. Muchas personas recurren a libros o cursos de autoayuda para lidiar con sus emociones, pero muchos de estos programas no entienden nada bien los mecanismos de autoayuda. Los que pregonan el pensamiento positivo están particularmente desencaminados. Tratar de imponer pensamientos felices es extremadamente difícil, si no imposible, porque pocas personas pueden, simplemente, desechar sus pensamientos negativos y reemplazarlos por otros más agradables. De hecho la negatividad es normal. 
Esta es una realidad fundamental. Estamos programados para sentir emociones negativas de vez en cuando. Forma parte de la condición humana. Poner un énfasis, excesivo en “ser positivo” es una de las formas en que nuestra cultura sobremedica – en sentido figurado – las fluctuaciones normales, de la misma manera que la sociedad sobremedica – a menudo, literalmente – a los niños revoltosos y a las personas que tienen cambios de humor. 
En cualquier caso, tanto si se trata de reflexiones precisas acerca de la realidad como distorsiones perjudiciales, estos pensamientos y estas emociones forman parte de lo que somos, y podemos aprender a trabajar con ellos y seguir adelante. 
Después de afrontar nuestros pensamientos y emociones, el siguiente paso es desapegarnos de ellos y observarlos para verlos como lo que son: solo pensamientos, solo emociones. También podemos identificar emociones difíciles de medida que las experimentamos y encontrar maneras de reaccionar más apropiadas. 
El hecho de observar desde fuera evita que nuestras experiencias mentales pasajeras nos controlen. Una vez que hemos aclarado y apaciguado nuestros procesos mentales, y luego, hemos creado el espacio necesario entre pensamientos y el pensador, podemos empezar a centrarnos más en lo que realmente nos importa: nuestros valores fundamentales, nuestros objetivos más relevantes. 
La autoayuda tradicional tiende a ver el cambio en términos de metas elevadas y una transformación total, pero los estudios apoyan la visión opuesta: que pequeños ajustes deliberados imbuidos de nuestros propios valores pueden marcar una gran diferencia en nuestras vidas. 
Cuando vemos a una gimnasta de élite en acción, nos parece que realiza movimientos difíciles sin esforzarse, gracias a su agilidad y a que tiene los músculos del torso bien desarrollados. Estos músculos constituyen su centro. 
Cuando algo le hace perder el equilibrio, su centro la ayuda a corregir su postura. Pero para competir al más alto nivel, tiene que continuar saliendo de su zona de confort con el fin de intentar hacer movimientos más difíciles. Nuestra mente es una máquina de encontrarles sentido a las cosas, y ser humano implica, en gran medida, trabajar para darles sentido a los miles de millones de bits de información sensorial que nos bombardean todos los días. 
Nuestra manera de encontrar el sentido es organizar todo lo que vemos y oímos, y todas las experiencias y relaciones que se arremolinan a nuestro alrededor, en un discurso coherente: “Este soy yo, Miguel Ángel despertándome. Estoy en mi cama. Antes vivía en Arandas pero ahora vivo en Guadalajara. Tengo que prepararme para una cita profesional. Esto es lo que hago: diseñar cursos de capacitación para ayudar a tener un mejor nivel de vida en las personas. 
Estos discursos o historias tienen un propósito: nos lo decimos para organizar nuestras experiencias y mantenernos cuerdos. 
Para experimentar la facilidad con la que podemos deslizarnos de los hechos a las opiniones y de ahí a los juicios y a la ansiedad, haz el siguiente ejercicio. Piensa en cada uno de los elementos siguientes, uno tras otro: 
Tu teléfono móvil 
Tu casa 
Tu trabajo 
Tus suegros 
Tu cintura 
Cuando hacemos asociaciones libres, algunos de nuestros pensamientos pueden corresponderse con los hechos: “cené con mis suegros la semana pasada” o “tengo que entregar un proyecto el lunes”. 
Pero observa con qué rapidez entran en escena las opiniones, las evaluaciones, las comparaciones y las preocupaciones fastidiosas: 
Mi teléfono móvil…necesita actualización 
Mi casa…está hecha un desastre 
Mi trabajo…es superestresante 
Mis suegros…miman demasiado a los niños 
Mi cintura…tengo que retomar la dieta 
Toda esta charla interna no solamente es engañosa; también es agotadora. Socava unos recursos mentales importantes a los que podríamos darles un uso mucho mejor. Al poder que tienen nuestros pensamientos de engancharnos se suma el hecho de que muchos de nuestros hábitos mentales están diseñados para fusionarse con nuestras emociones y producir una respuesta turboalimentada. 
En un entorno cambiante y exigente como el actual, la capacidad de adaptación y la flexibilidad son dos de las habilidades más demandas en el ámbito profesional. Las empresas buscan profesionales que reaccionen rápidos y con creatividad. 
Gracias a la plasticidad del cerebro, las neuronas son capaces de aprender y adaptarse a los cambios. Con voluntad, cambio de hábitos y un entrenamiento adecuado y autodirigido, las células nerviosas pueden entrenarse y mejorar la agilidad mental. Se trata de enseñar a las neuronas nuevas formas de comportarse que son absorbidas y memorizadas, convirtiéndose en una respuesta automática. 
El objetivo final de la agilidad mental es que conserves tu amor por los retos y el crecimiento a lo largo de tu vida.

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