sábado, marzo 02, 2019

CAPÍTULO 4. TEMPS

Por Blanca De la Torre
BlancaJaneth2018@hotmail.com

Me di por vencido, llegué a creer que las manecillas del reloj se dilataban más de lo normal, sin pensarlo caí en sueño, amaneció y francamente creo haber estado dormido 1 hora, me levanté malhumorado y con ganas de un café y mi madre bien lo dice “El café por la mañana es tan necesario como el aire para respirar”. Encaminé mis pasos hacia las calles de Roma y logré ver un comercio que parecía una linda idea. Estaba la opción sentarme dentro del lugar o había un montón de mesas prácticas y pequeñas en la parte de la acera así que lo más sensato para mí fue sentarme afuera, lo que para muchos el meditar significa encerrarse horas, solitarios y en silencio, para mí en algunas ocasiones era distinto; Esto se debía a que el aislamiento ya no me servía para calmar los desórdenes mentales así que practiqué hace años por acto de supervivencia el arte de meditar en medio del ruido, en medio de la prisa de las personas, dentro de un mundo en el que pasaba desapercibida tu posible existencia y todo esto se debía a que cada uno estaba en una dimensión del tiempo distinta bien lo dijo Einstein “El tiempo es relativo”. Eran las 10 am de un martes en Roma, Italia. Un café negro en mano y nada de azúcar, los autobuses transitando por la ciudad, el tráfico, marionetas en todas partes, en esta ocasión el tiempo es el protagonista de mi historia. Mientras me otorgaba el segundo sorbo del café cerré los ojos para prefigurar el sutil sabor de un elixir al paladar cuando fue interrumpida mi divina concentración por la voz hipnótica de una mujer. Abrí los ojos inmediatamente puesto que quería ver qué ser tan extraño venía acompañado de una voz tan hermosa, y cómo había logrado tal acontecimiento. Era una mujer cálida, cabello ondulado, castaño oscuro, tez blanca, pómulos altos y rosados, sus labios tenían una ligera elevación en las comisuras, en su rostro se percibía un aire de rudeza o seriedad, pero en sus ojos había una beta de ternura, tristeza y soledad, se percibía la nobleza con la que trataba a los trabajadores de aquél pequeño café, claramente había desviado toda mi atención a ella. La estudiaba con cautela, cada movimiento, cada mirada, la manera en que respiraba, la tranquilidad con que sostenía ese libro en un café de las calles de Roma y su gesto de refugiarse en él mientras el mundo seguía en lo suyo, su manía de echarse el cabello atrás del oído mientras frunce el ceño para entender lo que acaba de leer, su torpeza irremediable de cada movimiento, la forma en que acomodaba su pierna arriba de la otra deslizándola lentamente hasta quedar de nuevo en el suelo, cada pliegue de su piel me parecía el refugio más deseable, cada poro me trasladaba a los cráteres de la luna, me parecía ver la vibración de cada célula, expuesta ante un puñado de gente bestial con pensamientos tan comunes que todos pasaban inadvertidos, alguno que otro cruzaba con su imagen y devolvía la mirada a su camino y seguía, ¿Cómo es que no se percataban de la existencia de ese ser? Yo la miraba como si estuviera sentado frente al mar y lo observará infinitamente con toda la calma que me es posible o como si esperara ver las respuestas a todos los porqués ininteligibles y su misterio totalmente inédito, era como estar dentro de un museo frente a una pintura, sólo yo, la pintura postrada en una sala donde estaba el recuadro frente a una pared lisa y de color perla, bajo una lámpara de la cual emergía una luz tenue y hecha a la perfección para darle el verdadero valor merecido a una obra de arte, estudiabas cada línea trazada en él, cada tonalidad, cada detalle, lo más mínimo en él la hacía especial; observarla era la estrategia perfecta para volverme loco, pensé entonces en la fortaleza que me daba el hogar francés y todo lo que había pasado para poder estar aquí, lo que para todo el mundo quizá era una mañana cualquiera en la cual habría que lidiar quizá con la impaciente incomprensión de un alma infeliz y llena de miedo, para mí se había convertido en el Santo Grial, un martes común, entonces comencé a pensar en todo lo que tuvo que haberse desatado para poder estar postrado en ese preciso momento, ese día, esa hora, esa calle, el tiempo. Mientras planeaba estratégicamente la manera de acercarme a ella comenzaron las dudas en mi cabeza, porque en estos casos uno siempre se trata de tonto y traiciona la seguridad que porta como abrigo, sin embargo había algo que me atraía magnéticamente a ella y mis pies se movían involuntariamente a donde realmente deseaba estar así que pensé contrariamente en un futuro si no hacía lo que tenía que hacer en ese momento, en un tiempo no muy lejano asistiría en un apartamento aislado con pocas municiones en la nevera, un sillón declinable y cientos de hojas con tinta regada echas bola tiradas en la alfombra, preservativos de mujeres que no reconocería si las tuviese en frente, alguna botella de vino a medias, y la soledad de fiel acompañante, quizá una vecina llamada Dominique rondando los 70 años preguntando todos los días al punto de las 7 si había tenido un bien día, una vecina que me tendría una lástima notoria al darse cuenta cómo vivía, no podría soportarlo… así que mantuve la cordura, o lo poco que reconocía de ella, me acerqué buscando una mesa cerca de la suya, es difícil de explicar pero alguien aquí tiene que ser en la vida el contradictor, y sólo estaba yo. Me acerqué a punto de retroceder pensando que había sido una de las peores ideas que había tenido, de pronto escuché una voz… ¡Era ella!

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