sábado, marzo 02, 2019

Florecita

Javier Contreras

Allá muy lejos, por el rumbo de la India (Nótese que todas las cosas interesantes suceden allá muy lejos y sólo le pasan a gente extraña, que uno no conoce) y de acuerdo con la costumbre local, casaron a Florecita de sólo doce años, con Neuras de apenas trece: y a eso le llamaron “un matrimonio”. La niña todavía jugaba con sus muñecas, pero le dijeron que ya era “señora”, y que tenía que actuar como “persona mayor” y hacerse cargo de sus nuevas responsabilidades… y ella dijo ey. Y Neuras por supuesto que se la creyó que era el “señor de la casa” y empezó a actuar en consecuencia. Y así empezaron estos tórtolos, su nueva vida de casados. Cuando él la invitaba a la cama, ella se ponía muy contenta y se llevaba sus muñecas a lo que consideraba que iba a ser una piyamada, no obstante le sonaba extraña una fiesta de solo dos, aunque intentaba comprender que se estaba iniciando en una nueva “vida de pareja”. 

¿Porqué lo hicieron? Eso nadie lo sabe. La gente cuando nace viene sin instructivo anexo y simplemente hace lo que los otros hacen, dando por sentado que eso es lo que hay que hacer. Florecita llegó a la edad en que todas las niñas de su pueblo se casaban y dio por sentado que eso es lo que correspondía hacer a ella, aunque nunca se preguntó el para qué… sobre todo por que en ese tiempo y en esos lugares, estaba fuera de lugar el andarse haciendo preguntas tontas. Las cosas se hacían porque sí, porque así se habían hecho siempre y no se hacían preguntas. La razón de ser de las cosas, era asunto que sólo competía a las personas mayores. Y ya cuando crecías, siempre quedaban cuestiones que se consideraba de sentido común no averiguar y cuya razón de ser, nadie se había cuestionado pero que se intuía que su campo sólo concernían a los mayores… pero más mayores… total que nunca llegaba el tiempo de saber las respuestas a preguntas que era mejor no hacerse. 

El punto es que Florecita tenía que ir a la cama con su marido a hacer cosas que no quería y no entendía por qué le tenían que suceder; pero lo vivía con el desgano y la resignación con que una niña ayuda a su mamá con los quehaceres de la casa y con el entusiasmo con qué “hace las cosas que debe”, pero no quiere hacer; como una más de las múltiples obligaciones que una ama de casa “tiene” que llevar a cabo en su vida cotidiana. Y, ¿cómo evitarlo? La única solución era fingirse enferma o con cansancio extremo. Y así, noche a noche, cuando el mundo aun no piensa en ponerse en paz; a Florecita le llegaba un gran sueño, un terrible sueño que no se podía soportar y caía en cama profundamente dormida… y a partir de aquí, ni truenos ni relámpagos la podían despertar. 

Sí… ella era de sueño profundo… y es que estaba… tan cansada… 

Y por la mañana, antes de que el gallo cantara, ella se levantaba diligente y presurosa a cumplir todas las obligaciones que una ama de casa realiza fuera de la alcoba. Porque eso sí… ¡era muy trabajadora la niña!… ¡muy responsable!… eso sí, ¡muy responsable! ¡Eso que ni qué! Si su marido la invitaba a que se quedara un rato más en la cama, ella argüía sobre la enorme cantidad de trabajo pendiente que la aguardaba y el peligro tan grande y tan real de que el mundo se detuviera, si ella no atendía sus quehaceres con prontitud. 

Florecita seguía siendo una niña…una pequeña con obligaciones de adulto; que de su cuenta hubiera preferido correr entre las mariposas y reunirse con sus amigas a charlas cosas de las jóvenes, antes que hacerse cargo de la marcha de una casa… pero la vida la había encasquetado dentro de un costal de obligaciones de adulto y no había más que seguir adelante. Pero seguía siendo una niña… una pequeña que soñaba con sus muñecas… y que antes que necesitar un marido, clamaba por un papá que la mimara, la protegiera y la hiciera sentir su princesa preferida… pero no, no lo logró…y la vida la casó… y la engañó haciéndole pensar que ya era adulta… y por ello actuaba ante la sociedad como si lo fuera… pero no, no era más que una niña, a la que obligaron a ponerse la ropa de adulto, y a actuar como si de verdad lo fuera. 

Y así se formó una pareja, muy dispareja, que en apariencia eran marido y mujer, pero que en la práctica eran un papá con su niña. El soñaba con ir juntos al parque en un paseo romántico; ella quería que él la llevara al parque, le comprara una nieve y la cuidara mientras que jugaba. El quería quedarse a descansar en su casa el domingo y ella quería salir a dar la vuelta y ver el mundo; ¿cuál de los dos debía ceder? Era más fácil que el esposo actuara como “papá” con respecto a la niña, a esperar a que ésta se olvidara de su infancia y actuara como un adulto, para que la pareja fuera una pareja. 

Una platica cotidiana de cada domingo sucedía más o menos así: 

Ella decía: 

- Hoy es domingo y necesito ir a la ceremonia religiosa. 

El respondía: 

- Hoy es mi día de descanso y estoy muy cansado. Ve tú. Aquí te espero. 

Ella: 

- No me gusta ir sola, parezco viuda. Sólo acompáñame a la ceremonia religiosa y luego descansas; El, sabiendo que peleaba una batalla que ya estaba perdida, inquiría: 

- ¿No lo podemos dejar para otra ocasión? Ella declaraba su victoria, acotando: 

- Sólo vamos a esa ceremonia y nos regresamos a que descanses. 

A fin de cuentas, se levantaba el tipo de su diván, se quitaba a tirones el cansancio que tenía encaramado en todo su cuerpo y lo arrojaba violentamente en algún rincón; se colocaba una cara que parecía de entusiasmo y se disponía a acompañar a su mujercita a la diversión. Terminada la ceremonia, cuando todas las flechas apuntaban hacia la casa, ella comentaba sugerente: 

- Ya que andamos fuera de casa, ¿porqué no aprovechamos para ir al cine? 

A lo que el ingenuo respondía, que sólo le pedía a la vida, un sofá donde tirarse a descansar. 

Ella entonces atacaba: 

- Pero hoy pasan una película muy buena, que he tenido muchas ganas de ver y que ya no estará disponible la próxima semana. 

Conclusión: se fueron al cine a ver la película que ella quería ver… Y saliendo de la función, ella sugiere melosa: 

- Pues ya que andamos fuera, vayamos a cenar a algún restaurant. 

Y desde luego, que después del consabido intercambio de opiniones de que ya necesito que nos vayamos a la casa y los de que aprovechemos que ya estamos acá, y cosas por el estilo; terminaban yendo a cenar al restauran preferido de Florecita. Total, que para cuando regresaban a casa, se había acabado el domingo y ya mañana será otro día. Después, cuando se estaban preparando para descansar, ante el inmenso sueño que ella sabía que de repente le iba a llegar, ella atacaba: 

- ¡Tú siempre me estás pidiendo que yo haga cosas por ti y tú nunca haces nada por mí! 

A lo que el pobre infeliz argumentaba que renunció a su anhelado descanso dominical, y gastó el día acompañándola a los sitios que ella quiso ir; a lo que la niña respondía airada: 

- ¡No digas me que acompañaste, porque fue decisión de los dos ir! ¡Los dos quisimos salir! ¡Fue un asunto de los dos! Tú nunca haces nada que sea sólo por mí, y sólo quieres que yo esté siempre haciendo cosas por ti. Y este era un domingo más en la lista, un fin de semana común y corriente en la vida de Florecita. 

Ey… era una mártir la niña… ey… y todo porque la vida la puso a hacer funciones de adulto, cuando ella sólo quería ser lo que era: una niña. 

Bueno, son cosas que pasan por allá lejos, por el rumbo de la India.

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