domingo, julio 14, 2019

Dany

Dany es un bebé encantador de un año y medio de edad. Cuando sus papás los sacan a plazas o lugares concurridos, siempre le ponen una mochila de la que va sujeta una cuerda con lo que lo dejan correr libremente, sin perder por ello el control sobre su seguridad. Es una cuerda de protección, con lo que al mismo tiempo, le respetan su naturaleza hiperactiva y curiosa, sin desprotegerlo: muchos papás hacen lo mismo, en similares circunstancias. Cuando el bebé corre en lugares abiertos y poco concurridos, le dejan más cantidad de cuerda, pero cuando corre cerca de una fuente de agua de ornato público o de un lugar donde se pueda lastimar, entonces le dejan la cuerda muy corta, de tal forma que si se cae, pronto lo puedan sostener e impedir que se lastime. La cuerda pues, es una protección de amor. A veces el bebé quiere correr libremente, y él siente que el control de sus papás es algo que le impide realizar sus deseos, y seguramente desearía poder correr sin que sus papás lo limitaran, pero la decisión de ellos de no dejarlo completamente libre, está directamente relacionada con la necesidad que él tiene de ser protegido. Como a todos los bebés, conforme crezca en tamaño y en capacidad de comprender los peligros, le irán dejando más cantidad de cuerda libre o hasta se la quitarán de la mochila, si por su propia protección, ya no la necesita.

Después de esta reflexión, yo me pregunto si no sucede algo parecido a la relación entre Dany y sus papás, con la relación entre las personas y su Dios. Y me pregunto, si el dinero que las personas tienen, es como una cuerda con la que Dios los protege y les permite ser. Así, si una persona quiere hacer un viaje a un país lejano, pero no le alcanza el dinero, entonces no lo hace, o hace un viaje más corto hacia un destino que él pueda pagar. Porque el dinero es un instrumento para hacer cosas, y si lo tienes en abundancia puedes hacer muchas cosas, pero si lo tienes escaso, entonces es poco lo que harás con él. Es una forma de Dios manifestarte su voluntad: tú quieres hacer algo para lo que necesites dinero, y si Dios no quiere que lo hagas, no viene un ángel a decirte que no lo hagas, simplemente no te da dinero y no puedes hacerlo.

Hay tiempos en que el dinero te rinde mucho, y no sabes ni porqué; pero hay ocasiones en que el dinero no te rinde y tampoco sabes ni porqué. Se puede apreciar esto sobre todo en las familias que tienen ingresos fijos regulares, los que perciben un salario y tienen gastos más o menos previsibles; a ellos, a veces les pasa, que sin saber cómo, le sobra dinero; y otras veces en que sin saber cómo, no les rinde el salario, les abundan los gastos y les escasea mucho el dinero.

Este asunto todos lo podemos entender muy bien y no parece de profundidades filosóficas inalcanzables. Pero ahora intentemos llevar este mismo ejemplo a la vida de todas las personas y comparemos la relación de papá Dios con nosotros.

Imaginemos que el Señor está pendiente de cada uno de sus hijos y que los quiere dejar tan libres como se pueda, en tanto no se lastimen, pero cuando se acercan a lugares o situaciones peligrosas, recorta su nivel de control sobre ellos pensando en su propia protección. “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor” Os 11:4 Y cuál es la cuerda con la que el Señor nos mantiene protegidos? Parece que la respuesta están en el dinero. Pareciera que los recursos económicos son uno de los instrumentos con los que Dios mantiene un cierto control sobre nosotros.

En Mt 25:1-13 de los evangelios, se narra la parábola de las diez jóvenes, de las cuales cinco eran prudentes o precavidas y las otras cinco eran descuidadas. Todas esperaban a un novio que habría de llegar en cualquier momento, sin saber exactamente cuando. Las prudentes se prepararon con una cantidad de aceite para sus lámparas, suficiente para una larga espera; mientras que las descuidadas no se preocuparon del asunto. El novio tardó en llegar, y cuando por fin lo hizo, las cinco prudentes tenían sus lámparas aún encendidas, mientras que las descuidadas vieron con angustia que sus lámparas se apagaban y ya no había forma de conseguir más aceite, con lo que se quedaron fuera de la fiesta.

¿Y esta parábola de los evangelios, qué tiene que ver con la cantidad de dinero de que disponemos cada uno de nosotros? La cantidad de dinero que ganamos honradamente, es la longitud de la cuerda con la que Dios nos permite movernos. Si no ganas lo que tú quisieras, tienes que averiguártelas con Dios. Tu problema no es con el destino, ni con la suerte, ni con tu patrón: es un asunto entre Dios y tú. En el libro de Santiago 4:2-3, Dios dice que: “Si ustedes no tienen es porque no piden, o si piden algo no lo consiguen porque piden mal; y no lo consiguen porque lo derrocharían para divertirse”. Entonces, por principio de cuentas, si no te ajusta el dinero que ganas, pídele a tu Padre Dios, que para eso es tu Papá y tiene de sobra. Y luego “asegúrate de no pedir mal”, porque si estás pidiendo para ganarle a tu vecino o para parecer más rico que tu compadre… tal vez te tarde mucho en llegar… porque resulta que tu vecino y tu compadre también son hijos preferidos de Dios… por más hijos de la guayaba que te parezcan.

Y luego enseguida piensa, en cómo administras lo que recibes. Porque de dos personas que reciban el mismo salario, a una de ellas le rinde más el dinero que a la otra, y siempre parecerá que vive mejor una de las dos. ¿Por qué? Pregúntale a tu Papá Dios, ese porqué. Pero mientras, analiza la parábola de las muchachas prudentes y las descuidadas. Algunos de nosotros somos más parecidos a las chicas prudentes y otros nos parecemos más a las descuidadas. Algunos administran sus recursos con prudencia pensando en el mañana y otros gastan todo en lo primero que se les ocurre, como si pensaran que nunca se van a enfermar, y luego, cuando les llega una urgencia, no están preparados… y a puro batallar.

Tal vez deberíamos de pensar antes de ponernos a gastar, en qué tan necesario es que compremos aquello que pensamos adquirir. Todo sentimos que nos hacen falta las cosas, sobre todo cuando ya las tienen los demás. Pero, ¿de verdad las ocupamos? Quizá nos ayudara a darnos cuenta de lo necesario que es un gasto, si lo clasificamos en una de tres categorías:

Urgente - Necesario - Conveniente

Lo que urge es lo que no podemos evitar: como pagar la renta, el agua, la luz, la comida y la medicina.

Lo necesario es lo que hace falta, pero no nos morimos si prescindimos de ello: como la ropa básica, los muebles de la casa, variar o enriquecer la comida, tener un vehículo para trasladarse, etc.

Lo conveniente es tener ropa bonita o de moda, ir a comer a un restaurant de vez en cuando o en ocasiones especiales, tener un mejor auto, ir de vacaciones, etc.

a clave de la prudencia, es dar a cada cosa la importancia que realmente tiene; cuando alguien es imprudente es cuando gasta dinero en cosas que él desea y que enriquecen la vida, pero que no son realmente necesarias y al no estar prevenido con dinero, cuando le llega una urgencia, no tiene de qué echar mano y no sabe qué hacer.

Sería prudente que nadie gaste en algo conveniente o necesario, mientras no tenga aseguradas las urgencias. Sería prudente no gastar en cosas convenientes, mientras no se tangan aseguradas las cosas necesarias.

Como nadie sabe con seguridad si va a poder trabajar mañana, todos deberíamos tener un ahorro que nos permita sobrevivir algún tiempo, si nos quedamos sin trabajo; y este ahorro, entra en la categoría de urgente. También nadie sabe si va a estar enfermo mañana, entonces todos deberíamos tener un ahorro suficiente para solventar una enfermedad promedio, y esto también deberíamos considerarlo urgente. Porque sería imprudente que alguien se comprara una mueble nuevo para enriquecer su vida o fuera a comer a un restaurant, sin haber guardado dinero para sobrevivir en eventuales situaciones de urgencia, como falta de trabajo o enfermedades.

El colmo de la imprudencia sería conseguir dinero prestado para adquirir cosas no urgentes, cuando nadie nos garantiza que mañana vayamos a poder trabajar para pagar ese dinero: eso es como si alguien se vendiera como esclavo, para satisfacer una necesidad no urgente. Sucede en muchos casos, que alguien con dinero prestado, compra un auto de más valor que lo que él puede pagar (o hace una fiesta), y se queda amarrado a una deuda (que era innecesaria), y si mañana tiene una enfermedad u otra urgencia, se ve obligado a malbaratar sus bienes o mendigar apoyo a sus familiares… y todo por no ser prevenido, por no “asegurar el aceite de sus lámparas”, por comprar impulsivamente, por gastar más de lo que cada quien puede hacer, por pretender violentar la medida de la cuerda que Dios le puso, por querer correr por su cuenta, por suponer, como lo hace un bebé, que si se escapa del control de Papá, su vida será mejor.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario