domingo, septiembre 08, 2019

En el cerro de Picachos:

“El negro”, dueño del pozo La Tarjea

El Portón de las leyendas 
Las narrativas, descripciones, historias, relatos y/o leyendas que aquí se publican, son productos de aprendizaje del curso-taller “Expresión Oral y Escrita” que imparte el Mtro. Pablo Huerta Gaytán a estudiantes del Centro Universitario de Los Altos, de la Universidad de Guadalajara. En algunos textos se mezclan la imaginación, realidad y ficción para, a partir de la leyenda, llegar incluso al cuento 

Por Juan Carlos Camarena Carmona
2° Semestre de Lic. en Contaduría
Pública

 En la localidad de Tepatitlán, para ser más específico en la cima del cerro de Picachos, se encuentra un pozo llamado “La Tarjea” en el cual todas las personas de alrededor iban por agua para cubrir sus necesidades. Cuentan que en el cerro de Picachos, en un rancho vivía la familia Hernández. La cual tenía varias generaciones viviendo allí. 
El padre se llamaba Eduviges, su esposa Alberta y sus hijas e hijos, Consuelo, Manuela, José y Jesús. 
En el rancho se criaba ganado y se cultivaban árboles frutales y, para cuidarlos, los Hernández tenían que sacar agua de “La Tarjea”. Siempre lo hacían en la mañana, antes de las doce, porque don Eduviges les decía: No vayan a buscar agua a esa hora, porque les sale el Negro. 
- ¿El Negro? —preguntaban sus hijos. 
- Sí -contestaba don Eduviges- ese pozo tiene dueño. Sus hijos no comprendían qué hacía ese “Negro” allí, si la familia Hernández era dueña del terreno y, por lo mismo, del pozo. 
- ¿Quién es? -insistían a su padre. 
- El viento -respondía don Eduviges- muy serio. Y nada más. Pero su hija Manuela era una joven muy curiosa y quería comprobar si lo que decía su papá era cierto y, sin decirle nada a nadie, un día se armó de valor y fue a buscar agua a las doce del día. 
Decidió ir sola ya que ninguno de sus hermanos quiso acompañarla por el temor que su padre les infundía, aparte de todas las advertencias que les había hecho. Ya cuando Manuela estaba allí, tomó el cubo y lo lanzó al pozo. 
Al querer sacar el agua, no pasaba nada, y seguía intentando varias veces, hasta que la muchacha sintió que alguien le jalaba el cubo. Se inclinó y no vio a nadie. Pero, al enderezarse, sintió que alguien la cargaba y empezó a gritar: - ¡Papá!, ¡ayúdame! ¡Que el Negro me está llevando! Su papá salió corriendo con una soga remojada y se acercó hacia donde oía a su hija. Pero cuando se disponía a agarrarla, se encontró con que ya la muchacha estaba encima de la albarrada. Al fin, el padre la bajó y la tomó en sus brazos, y en ese mismo momento Manuela se desmayó. Tardó una hora para volver en sí. 
Y entonces, la llevaron con un señor que curaba, un yerbatero, pero él dijo: - Está muchacha no vivirá mucho tiempo, pues el dueño del pozo se enamoró de ella. Y él la quiere solo para él, entonces tengan cuidado de que un día entre la noche vendrá a reclamar lo que es suyo. 
Desde entonces, a Manuela le daba mucho sueño. Y no quería dormir pues sabía que, si dormía, “el negro” vendría por ella, así duró varios días hasta que una noche no pudo más y se quedó dormida, A la mañana siguiente, su mamá fue a despertarla y vio que estaba muerta. Y como bien lo dijo el yerbero “el negro” vino a reclamar lo que era suyo. Después de ese día, el padre destruyó el pozo y decidido poner una gran piedra sobre ella, pero después de ponerla comenzó a emanar agua por debajo de ella; dicen las personas que viven a su alrededor, que son las lágrimas de Manuela, que sufre por regresar con su familia, aún actualmente “la tarjea” sigue siendo un lugar que se convirtió en un abrevadero, donde las personas y animales de los alrededores acuden a tomar agua. 
Pero nadie más ha ido a buscar agua al pozo a las doce del día, porque dicen que a esa hora es cuando Manuela busca a un remplazo para que se quede con “el negro” y ella pueda huir a buscar a su familia. 
Este lugar sigue hoy en día en las cercanías del pico del cerro de Picachos y cuando se está cerca de este lugar se siente un frio que recorre todo el cuerpo el cual te hace pensar dos veces para tomar agua de ese lugar.

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