sábado, marzo 07, 2020

FLOR DE LIS

Javier Contreras

Flor de lis lo había engañado, le había fingido amor, siendo que no lo sentía por él; pero aun así la seguía queriendo. Cuando sus amigos le preguntaron el porqué de su extraño proceder, este respondió con una lacónica respuesta: ahora sé que nunca me quiso y que sólo me fingió cariño, pero eso es lo más cerca que alguna vez haya estado de sentirme amado, y por sólo eso, le estoy agradecido. Mientras que creí que me amaba, fui el tipo más feliz del mundo, como no lo había sido nunca, y aunque mi alegría haya sido producto de un engaño, viví la época más maravillosa de mi vida. Ahora puedo escoger: o vivir resentido por la cruel desilusión de mi presente o vivir saboreando las mieles de la época en que me sentí realmente amado, fuera esto verdad o no; para mí lo fue, y eso es lo que cuenta, pues ese recuerdo feliz, es lo que me llena de gozo. Sigo disfrutando las mieles de un pasado que creí firmemente que existió, y es por eso, por creer que sucedió, que me siento feliz… independientemente de que tan real haya sido para el resto del universo. Ya lo dijo alguien más en la antigüedad: “tiene derecho a ser feliz en sueños, quien en la realidad fue desdichado”. 

Pero el punto va más allá de esta simple anécdota sobre el que amaba a Flor de Lis: cada quien, a su manera, se crea su propio mundo, su propia realidad, adaptada a sus particulares circunstancias, para poder ser feliz. Así, hay personas que creen que son de la “alta sociedad” de su pueblo, y son felices creyéndolo así; independientemente de qué sea lo que ellos se imaginan que significa eso de “la alta sociedad”. Encontraremos también que hay muchos grupos de personas, que a su manera, se imaginan que son “la aristocracia del barrio”, y forman clubes a los que sólo pueden pertenecer ciertos estratos de esa sociedad… y eso los hace felices; y se alegran cuando logran ser parte de tal o cual grupo y presumen de sus muchas amistades con “peso social”… y si eso los hace felices, bien por ellos… independientemente de si en su caso, “el amor de Flor de Lis”, era real o imaginario. 

La vida está llena de situaciones que quien las vive las cree muy reales en un tiempo y pueden no serlo después; o muy validas para él y ser consideradas sólo vanidad o basura, por los demás. Por ejemplo, el caso de alguien que paga mucho dinero por un auto de los que cuando se nombran, siempre se lo hace acentuando la admiración que algunos les tienen y que a fin de cuentas hace exactamente lo mismo que otro auto comercial de lujo: llevarte de un lugar a otro con cierto grado de comodidad y servicios. Pero el “valor” que le adjudica la persona que paga por él, y que por ello desembolsa tanto dinero como el valor de varios de los otros autos “normales”, es algo que quizá sólo exista en la cabeza del que lo compró y de los demás que “sueñan” con aquel auto de “tanto renombre”. 

Y quien lo compró, cuando se pasea en él, tal vez vaya soñando que los demás lo ven con admiración envidia, al ver pasar al afortunado que consiguió la hazaña que muy pocos pueden lograr. Quizá sí, quizá no. Pero lo importante para el propietario, es la impresión que él cree que ocasiona en los demás cuando sale a pasear en su flamante auto… porque si sólo un día pudiera sacar su joya, y por equis razón no hubiera nadie en la calle que lo admirara, tal vez sentiría una gran frustración en vez del enorme gusto que esperaba y por más vueltas que diera por todas partes, juzgaría que no salió a pasear. Entonces: ¿en qué consistió el “valor” del auto tan caro? ¿En tenerlo, o en creer que los demás se han dado cuenta que lo tenemos y suponer que nos admiran? 

Tiempo habrá para que cada uno de nosotros analicemos, si lo que en un tiempo nos hizo felices, era amor verdadero o sólo nos hicimos tontos creyendo tener en nuestras manos un gran amor, que a final de cuentas resulto ser estilo Flor de Lis. En muchas etapas de nuestra vida, tuvimos una ilusión que creímos bien verdadera, y eso le dio sentido a nuestra vida: como cuando podríamos apostar que los reyes magos si existían. Tiempo después, cuando maduramos y descubrimos que los reyes magos era pura fantasía, no se nos cayó el mundo a pedazos, sino que vivimos una dualidad en la que se combinó la satisfacción de la “verdad descubierta”, con la incomodidad de percatarnos de nuestra ahora increíble candidez. Sin embargo, si alguien se quedara pensando mucho en la manera en que fue engañado, eso le arruinaría la vida; pero si deja el pasado en su lugar, pasará a vivir su nueva etapa con la satisfacción de ser una persona que “ya descubrió” que los santos reyes no existen, pero saboreará el recuerdo de la felicidad vivida, en la época en que la ilusión lo cargó de energía y de ganas de vivir. 

Aquí se acomoda muy a modo una gran pregunta: ¿qué es lo real y qué es lo imaginario? 
Algunos hemos tenido sueños, que mientras estamos dormidos, los sentimos muy reales, demasiado reales, al grado de que si son de susto, se nos altera la respiración y si soñamos que corremos huyendo de un gran peligro, se nos acelera el pulso y nos agitamos, como si de verdad corriéramos por nuestra vida, y así por el estilo con otros sueños; luego, cuando despertamos de la cruel pesadilla, sentimos un gran alivio al percatarnos de que aquello sólo fue un mal sueño… sin embargo, mientras lo estábamos soñando, nos parecía tan real, que si alguien nos hubiera dicho que no corriéramos, que el peligro no era real, no le hubiéramos creído; pues para nosotros era demasiado real. Afortunadamente despertamos y vimos aliviados que aquella “realidad” no era tan real como lo creímos un minuto antes, sino sólo una ilusión que nos aterró, pero para nuestro bien, ya despertamos a la realidad “verdadera.” 

Esto nos lleva a otra pregunta: ¿Y si cuando nos morimos, lo único que pasa es que despertamos a otra realidad? ¿Y qué tal si al despertar en la nueva vida, sólo diremos: ¡uf!, qué bueno que lo que pasó era sólo un sueño (bueno o malo, según lo haya vivido cada quien), pero afortunadamente ya desperté del “sueño”, a la “verdadera realidad”? 

De ser así, ¿cuál sería la verdadera realidad?... de ser así, ¿cuál sería el sentido de todos los afanes que nos echamos a cuestas?... y lo que es peor: ¿cuál sería el sentido de que alguien hubiera hecho tranzas para lograr lo que anhelaba en la vida, o de que le hubiera hecho mal a otro para robarle? Porque el daño ocasionado al otro, le causó a este un sufrimiento real… pero, ¿para obtener qué, si se vivió en un sueño?

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