sábado, abril 04, 2020

En Cañadas de Obregón: El zanjón de la zancona

Por Oscar Flores Padilla
2º.semestre de Lic. en
Contaduría Pública

Cañadas de Obregón es un lugar escondido, apacible, de vida tranquila, sin mayores sobresaltos. La mayoría de sus habitantes se dedican a los menesteres propios del campo; otros son comerciantes o trabajan por su cuenta en oficios como el herrero, el carpintero o el albañil. Además, asisten con regularidad a la parroquia y cumplen a tiempo con los diezmos. Se recogen en sus hogares apenas obscurece, porque a diferencia de las grandes ciudades, buena parte del pueblo, carece aún del alumbrado público. 
Sin embargo esta tranquilidad se ve alterada de tiempo en tiempo, cuando alguien, por alguna poderosa razón no logra regresar antes de caer la noche, ya sea porque tal vez un animal escapó, agarró monte y es deber no dejarlo que ocasione daños a los sembradíos, o que se aleje tanto y se pierda para siempre. 
Una noche de luz de luna, o de algunos nubarrones que por momentos ennegrecen el firmamento, como muchas otras que, permiten ver las cosas con cierta claridad, los habitantes de Cañadas se disponían a descansar, pero no libres de toda preocupación, como en otras ocasiones, porque el vaquero de don Andrés, no había regresado del campo y ya las campanas del reloj de la parroquia indicaban las diez de la noche. 
En ese momento el galope de caballo y un grito que duró una eternidad, hizo añicos al silencio. Las madres estrecharon a sus hijos pequeños y se refugiaron en los rincones de sus alcobas. Los hombres por su parte, salieron a hacerle frente a aquel extraño acontecimiento, no sin antes echarle llave a las puertas. La calle entonces se llenó de luz de mecheros que iban de un lado a otro en pleno desconcierto. Por fin, encontraron al causante de todo aquel alboroto. Estaba frente a la casa parroquial y parecía enloquecido, golpeaba la endeble puerta con tal insistencia que ésta casi se derrumba. 
El comisario llegó hasta él, en compañía de un puñado personas con antorchas en mano, le pidió que se calmara, que le explicara la razón de todo aquel alboroto. Alguno de los allí presentes le dio una botella de aguardiente que el vaquero bebió con impetu. El hombre tomó unos instantes en recobrar la cordura y explicó lo que le sucedió: 
— Me topé con la mujer, en la cañada zanjón (1) de la zancona (2). Yo andaba buscando unas vacas extraviadas, me ayudaba con la luz de la luna y fue así como las encontré; las arreaba de regreso al rancho, cuando de la nada apareció la mujer, se apostó frente al caballo y por más que quería pasar, no se quitó de allí. Era una mujer alta, vestida de negro, su cara no era normal; era larga, tan larga que me pareció la de una bestia. Las nubes taparon la luna, el miedo me engarrotó y no podía mover ni un dedo, lo único que se me ocurrió fue encomendarme a todos los santos. 
Los señores del pueblo se propusieron encontrar una respuesta a aquella aparición que causaba temor en la gente, en especial a las mujeres. Así que una tarde, partieron varios de ellos a la zanja de la zancona para quitarse de dudas. Prendieron una fogata en el fondo de la cañada y esperaron impacientes. Algunos de ellos, los incrédulos, no estaban conformes en creer que fuera cosa del más allá, sino alguien que quería hacerles pasar un mal rato. 
Cuál fue su sorpresa que, la mujer que había descrito el vaquero, pasó no lejos de donde ellos estaban, la vieron gracias a la luz de la fogata. Los nervios les ganaron y se quedaron impávidos ante aquella visión. Y no era para menos, sin razón alguna, el fuego se avivó de manera extraña y sin motivo aparente. Temerosos, fueron a encarar aquella criatura que estaba parada no lejos de ellos. Se aproximaron tanto como su valor les permitió, ella habló: 
— Soy un alma en pena, aquí en este lugar maté a mi hijo recién nacido, un hijo producto de amor con un hombre que me traicionó. Déjenme en paz, estoy pagando un pecado que no tiene perdón, ni en el cielo, ni en la tierra. 
Los hombres comprendieron su imprudencia y se marcharon a sus casas. 
(1). Cauce o zanja grande y profunda por donde corre el agua. 
(2). Patilarga

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