sábado, agosto 07, 2021

La joven virtuosa

Ella fue educada enseñándole que debía ser virtuosa para que consiguiera un buen marido; y que con ello se solucionaría sus problemas de ahí en delante. Y ella fue virtuosa, tanto como fue necesario; y si consiguió un marido, un buen marido, que le solucionó sus problemas y de ahí en delante todo funcionó bien. ¿Que significaba un buen marido? Eso nadie nos lo explicó. Pero su buen marido le dio casa, sustento, vestido y un buen auto. Hasta ahí todo iba muy bien. Un día el buen marido, pensó que merecía tener una amante y puesto que la podía pagar, la consiguió. 

Ella se pregunta: qué fue lo que salió mal? Porque ella hizo lo que tenía que hacer: fue una joven virtuosa primero y luego una esposa virtuosa; pero que salió mal? En qué falló ella para que su “buen marido” dejara de ser un “bueno”. Sí, todo iba bien; pero, qué falló? 

El esposo pensaba que era un buen marido: mantenía su casa en un buen nivel económico, trabajaba mucho, y podía darse el gusto de pagar una buena amante: Por qué no hacerlo? Él creía que podía darse “un gusto”, sin que eso lo hiciera dejar de ser un buen esposo. Dónde estaba el problema? Pues él no había desatendido las necesidades económicas de su familia, pues él estaba al pendiente de qué nada faltara; cuál era el problema de qué él se diera un gusto? ¿En qué afectaban a su familia sus diversiones? 

Ella se llenó de indignación por la actitud de su marido, y le exigió fidelidad. Él creyó que la cosa no era para tanto, puesto que le daba a ella el lugar de esposa, el lugar de primera dama en su familia, y las demás eran sólo gustos que él se daba; y que además creía merecer. No salieron de acuerdo, y ella creyó que estaba en todo su derecho de mandarlo mucho al cuerno, hasta que él se diera cuenta que era importante serle fiel a ella. Ella pidió el divorcio contando con dos seguridades: una, él pronto se daría cuenta que perdía una esposa muy valiosa, y regresaría llorando a pedirle perdón; dos, ella como era tan virtuosa, pronto encontraría un buen marido que le solucionara su vida y su futuro, sin pedirle a cambio nada fuera de su virtud, éste sí que le sería fiel: ya lo veríamos. 

El tiempo pasó, y ella pronto se dio cuenta de que los hombres que la buscaban, sólo lo hacían para pasar el rato con ella, no para formar juntos una vida y cuando alguno de ellos quería ofrecerle formar una familia, su nivel económico siempre era menor al que ella había perdido en su anterior situación. Por lo que a fin de cuentas, de un modo o de otro, ella siempre salió perdiendo. Por qué le sucedía eso, si ella siempre fue virtuosa? En qué falló?

Los matrimonios han sido siempre un contrato entre dos formas de pensar diferentes, pero uno a veces se va con la finta y cree que entiende la forma de pensar del otro, y luego, cuando las cosas salen diferentes a como uno esperaba, se pregunta uno: qué pasó? Y esa pregunta de qué pasó, implica que uno estaba completamente perdido en el concepto que tenía del otro. Uno creía que lo conocía, y la realidad le demostró lo contrario. Uno cree que sabe, uno cree que entiende, uno cree que es; y en base a eso actúa uno y toma decisiones: y luego viene la vida a demostrarnos con hechos que no teníamos la más remota idea de por dónde andábamos. La vida es así, nos demuestra con hechos contundentes que no tenemos la más remota idea, de qué es la vida y de por dónde va. 

Deberíamos de poder separar dos ideas básicas: lo que sé y lo que creo que sé, lo que supongo: normalmente las enredamos. Normalmente nosotros aseguramos que las cosas son de un modo, y podemos hasta pelearnos por defender nuestra idea, cuándo al rato la vida nos va a demostrar que estábamos hasta la calzada de perdidos. Veamos cualquier clase de discusión entre amigos o equis personas: siempre las discusiones están relacionadas con dos seguridades que tienen dos personas y que por ellas pelean, discuten y a veces hasta se matan. Veamos como ejemplo cualquier guerra pasada, incluso las guerras religiosas, Podemos verlas desde lejos y darnos cuenta que muchas vidas se perdieron por una estupidez. 


Pongamos por ejemplo la Segunda Guerra Mundial. Por qué tuvieron que morir tantas personas? Por qué tuvieron que sufrir tanto durante casi seis años. Si nos ponemos a pensar, nos daremos cuenta que no había una razón válida ni siquiera para pelearse dos personas, menos para que hubiera una matazón tan grande que abarcó todo el mundo. Pero de ahí sigamos con cualquier ejemplo de guerra, incluso lo más actual. Por qué fue o es la guerra de Siria? Qué se ganó o se perdió? Quién gana o pierde? Y así podemos analizar cualquier guerra o cualquier discusión: qué gana el que gana una discusión? 

Visto de lejos, nunca se aprecia suficientemente el horror de una guerra. Napoleón decía que, “después de una derrota, no hay nada peor que una victoria” O sea, que no ganas nada al ganar. Después de pelear una batalla, si pierdes huyes por tu vida: eso es lo peor; pero si ganas, en vez de descansar y festejar, tienes la ingrata tarea de levantar el tiradero: recoger a tus propios heridos y a los de tu contrario, curarlos, cuidarlos; recoger a los muertos de ambos bandos y enterrarlos… y eso es lo mejor que te pudo haber pasado… ganar. Por eso Napoleón pensaba que una victoria era algo terrible… sólo era peor que eso, perder la batalla. Una victoria era sólo menos peor que perder, pero, ¿dónde estuvo el gusto de ganar? 

Decía Salomón: “Vanidad de vanidades. Todo es vanidad” Eclesiastés 1:2 

Hay una anécdota del argentino general San Martín, uno de los libertadores de su patria y de Sudamérica: Su nieta lloraba porque se había roto el vestido de su muñeca. San Martín le dio una condecoración que tenía guardada. Era una medalla con cintas de colores. Le dijo a la niña que con eso cubriera a su muñeca para que no tuviera frío. La niña se fue feliz con su cinta de colores a jugar con su muñeca. Cuando le aclararon al general que la niña estaba jugando con una importante condecoración que lo acreditaba como un gran héroe, él dijo: 

“¿Cuál es el valor de estas condecoraciones, si no alcanzan a detener las lágrimas de una niña? La gran pregunta es: 
¿Qué de lo que estamos haciendo es correcto, y que no? ¿Qué de lo que ahora nos parece muy importante y hasta peleamos y discutimos por defenderlos, y mañana nos parecerá un error, de los tantos que hemos cometido? 
¿Qué amigos que ahora ignoramos, mañana nos harán falta? 
¿Qué de lo que hacemos todos los días, deberíamos replantearnos, y analizar pensando en el mañana? 
¿De cuántas cosas que hoy hacemos, nos arrepentiremos mañana? 

Actuamos conforme a lo que creemos que es correcto, pero, ¿qué es lo que sé y qué es lo que creo que sé? ¿Noto la diferencia? 

¿Cuántas cosas que afirmo las podría yo mismo comprobar? 

¿Cuántas de las pláticas que inicio con la frase “dicen que”, yo sé que tan verdaderas son y quién es el que las dijo? O, esto es así; aquello es de tal o cual manera. 

Otras frases parecidas son: a Dios no le gustaría esto, Dios no haría tal cosa… Dios es así y así. ¿Cuántas frases de estas podríamos defender en un tribunal? 

Tal vez sólo seamos como la joven virtuosa… organizando nuestra vida partiendo de la certeza de que el mundo es como creemos que es, y no como realmente es… Tal vez… 
Javier Contreras

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