sábado, septiembre 11, 2021

PSICOLOGIA DEL AUTOENGAÑO

 Por: Miguel Ángel Quintana Salazar 

La palabra autoengaño hace referencia a los fenómenos relacionados con mentirse a uno mismo. Se trata de una de las grandes trampas de la mente. El autoengaño se da en aquellas situaciones en las que nos convencemos a nosotros mismos de una realidad que es falsa, pero lo hacemos de manera inconsciente. 
Exploremos los mecanismos de nuestra mente que se solapan con la vida social. Este mismo principio se repite en cada nivel sucesivo de organización de la conducta; en los mecanismos de nuestra mente, en la configuración de nuestro carácter, en la vida grupal y en la sociedad. 
En cada uno de estos dominios, la variedad del “sufrimiento” que es capaz de bloquear la conciencia va sutilizándose progresivamente, desde la tensión y la ansiedad hasta los secretos dolorosos y los hechos embarazosos o amenazadores para la vida social. 
La tesis gira en torno a estas premisas: La mente puede protegerse de la ansiedad disminuyendo la conciencia. Este mecanismo origina un punto ciego, una zona en que somos proclives a bloquear nuestra atención y autoengañarnos. 
Hay una peculiar paradoja implícita al hecho de tener que enfrentarse a esas modalidades de no ver, a esos “nudos”, por decirlo en términos de R.D. Laining: 
El rango de lo que pensamos y hacemos 
Está limitado por aquello que no advertimos. 
Y debido precisamente a que no advertimos aquello que no advertimos, 
Hay muy pocos que podemos hacer Para cambiar esto, 
A menos que advirtamos 
El modo en que nuestro fracaso en advertir 
Determina nuestras acciones y Nuestros pensamientos 
Digamos que, aunque normalmente no lo concibamos así, e dolor es un sentido más -como la vista o el oído-, un sentido que posee sus propias terminaciones nerviosas y circuitos neuronales (como también sucede, dicho sea de paso, son otro sentido habitualmente soslayado, el del equilibrio). En consecuencia, al igual que ocurre con el resto de los sentidos, nuestra experiencia psicológica del dolor depende de muchas variables que la mera magnitud del impulso nervioso. 
El cerebro dispone de la capacidad de matizar nuestra percepción del dolor. Hablar del dolor y del sufrimiento es fácil (en general, hablar de cualquier cosa lo es). 
Pero el padecer cualquiera de los dos constituye la experiencia más difícil que tiene que soportar un ser humano. La dificultad se agrava por el hecho de que, pese a padecer dolores desde que nacemos, siempre que volvemos a sentirlo es como la primera vez: no entendemos por qué, nos asustamos, de nada nos sirven las experiencias anteriores y lo único que deseamos de la vida es volver al estado previo a él. 
Dolor y sufrimiento se usan como sinónimos, pero suele hacerse una distinción que parece acertada. Por un lado, el dolor haría referencia a lo orgánico, lo corporal, y constituiría algo común a todos los seres vivientes, mientras que el sufrimiento haría referencia a una instancia de tipo psicológico, y remitiría sólo a lo humano. 
El sufrimiento puede tener origen en el dolor físico, pero evoca aspectos más profundos de la persona. Todos hemos sentido a ambos en mayor o menor medida. Y todos queremos evitarlos. Tenemos claro que la básica definición de Mill sobre la felicidad como placer, entendido como ausencia de dolor, no es condición suficiente, pero sí necesaria. 
Epicuro dijo que el placer es principio y fin de la vida feliz. Placer para él es no experimentar dolor en el cuerpo ni desasosiego en el alma. Cuando nos duele el cuerpo o sufre nuestra alma o «psiquis», no podemos ser felices. Sin embargo, son situaciones que no podemos evitar, y están en nuestras vidas, lo queramos o no. ¿Tienen el dolor y el sufrimiento algún sentido? Nos enseñaron a aceptar que los hechos son los hechos, y que darle un sentido subjetivo a los mismos es tergiversarlos. 
Pero, por un lado, nada más subjetivo que el dolor: ¿cómo dar pruebas de mi dolor si mi interlocutor no me cree?,¿cómo saber que el otro siente dolor sin haberlo yo sentido antes?, ¿cómo «medir» la magnitud del dolor de otro de otra otro de otra forma que no sea preguntándole? En fin, ¿cómo veo, palpo, huelo, gusto o escucho el dolor? El dolor no es un hecho, pero está ahí, a continuación de ciertos hechos. 
Por otro lado, es innegable que el mundo humano es el mundo del «sentido». Hasta las ciencias no son otra cosa que un mero darle «sentido» a los hechos, un sentido consensuado y aceptado por la comunidad científica. Pareciera que lo que carece de sentido es, de algún modo, irracional. La razón nos ordena buscar el origen y la dirección de todo. 
Puedo preguntar por las causas de mi dolor, por qué me afecta tanto, cómo hacer para aliviarlo. Pero si pregunto «¿por qué a mí y para qué?», estoy yendo más allá, estoy preguntando por el sentido profundo de aquello que me sucede. ¿Por qué y para qué? Nietzsche tiene una frase, una de las más populares, que dice en su versión más difundida: «lo que no nos mata, nos fortalece». Más allá de las interpretaciones vitalistas, podemos rescatar de esta frase un profundo sentido al dolor y al sufrimiento. ¿Para qué sufrir? Para fortalecernos. 
Se dice que el hombre crece y madura en el sufrimiento, que el dolor lo templa y lo enriquece. Pero, ¿nos es dado a todos enriquecernos cuando sufrimos? La diferencia entre mentira y autoengaño se encuentra en que, en la mentira, la persona es consciente de que no está diciendo la verdad. Mientras que en el autoengaño se acepta como verdad una realidad que es falsa sin ser consciente de ello. 
Dicho de otro modo, quien se autoengaña no se da cuenta de que lo está haciendo, o al menos no se da cuenta siempre, y ahí precisamente radica el poder del autoengaño. 
 Mientras no nos damos cuenta, el autoegaño despliega su poder; a su manera, que podríamos calificar como silenciosa y camaleónica. El autoengaño funcional se observa en situaciones en la que la persona se miente buscando convencerse de que su decisión es la correcta. 
El ejemplo más conocido de autoengaño funcional lo encontramos en la fábula de la zorra y las uvas. En esta fábula, la zorra caracterizada por su astucia, se siente atraída por un suculento racimo de uvas y trata de alcanzarlo saltando repetidas veces. Tras unos cuantos intentos fallidos, la zorra deja de intentarlo y enfrenta su frustración autoengañandose. Así, se convence de que ya no quiere las uvas pensando en que no estaban suficientemente maduras. 
Al autoengaño descrito en la fábula de la zorra y las uvas se le llama autoengaño funcional. Éste tiene una función muy clara (y de ahí su nombre): a la zorra el acto de mentirse a sí misma le resulta útil para evitar el malestar que deriva del fracaso de no haber satisfecho su necesidad de alcanzar las uvas. El autoengaño funcional a corto plazo es adaptativo, pero a largo plazo no es positivo ni beneficioso. 
El efecto psicológico produce se consigue porque la persona decide transformar una verdad (no ser capaz de alcanzar una meta) en una mentira que la tranquiliza (la meta no vale la pena). De este modo, la persona que utiliza el autoengaño funcional no se desafía a sí misma y se mantiene dentro de su zona de confort de manera constante. 
Porque en lugar de prepararse para adquirir las habilidades necesarias para alcanzar la meta que desea, continúa mintiéndose a sí misma pensando que aquello que deseaba ya no es tan valioso o que no merece la pena el esfuerzo que demanda su logro. Nietzsche tiene una frase, una de las más populares, que dice en su versión más difundida: «lo que no nos mata, nos fortalece». 
 Más allá de las interpretaciones vitalistas, podemos rescatar de esta frase un profundo sentido al dolor y al sufrimiento. ¿Para qué sufrir? Para fortalecernos. Se dice que el hombre crece y madura en el sufrimiento, que el dolor lo templa y lo enriquece. Pero, ¿nos es dado a todos enriquecernos cuando sufrimos? Imagino que hay diferentes maneras de enfrentar el dolor. La más común es querer huir del mismo, alejarlo, eliminarlo. 
 Tomaremos analgésicos, calmantes; nos evadiremos en una agitada vida laboral, social, el alcohol o las drogas; nos anestesiaremos física y psicológicamente. Pero cuando esto no sea suficiente, cuando no haya modo de escapar de él, ¿qué haremos además de desesperarnos y sentirnos los seres más miserables del planeta? ¿Podremos encontrar otra forma en la que no nos duela tanto lo que nos duele? Y si encontramos esa forma, ¿importará que nos digan que no hay manera de saber si es verdadera?

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