sábado, noviembre 06, 2021

Hace 40 años...

 Hace 40 años compartieron besos furtivos en la playa o en la casa del pueblo; la vida los ha vuelto a reunir. Aunque sorprendidos, están encantados 
Iván (51) e Inés (52) nos cuentan su historia. También Iñaki (53) y Esther (51) 
Probablemente no fue el mejor, sin duda tampoco el que más duró, pero algo tiene el primer amor que hace que lo guardemos envuelto en terciopelo, como una joya valiosa, en un lugar preferente de la memoria. Surcábamos la adolescencia, época que evocamos siempre con cariño e indulgencia. “Los recuerdos de cuando teníamos entre 15 y 26 años son más y tienden a ser más positivos”, ha explicado el psicólogo estadounidense Jefferson Singer a The Washington Post. “Esto se debe a que experimentamos muchas ‘primeras veces’ durante este periodo, pero también porque, después, tenemos más oportunidades de ensayarlas y reproducirlas, repensarlas, volver a imaginarlas y volver a experimentarlas”. En cierto modo, idealizamos todo lo que rodea aquellos días en que éramos jóvenes, cándidos, puros e inexpertos; y el primer amor forma parte de ese paisaje. 

Muchos de estos amores adolescentes florecieron en verano, entre baños de playa o paseos en bici por el pueblo. La ruptura con la rutina, al ambiente perezoso y relajado, el calor, la poca ropa, la menor vigilancia de los padres, propiciaron nuevas sensaciones —el deseo, la tristeza en la despedida— y experiencias —besos urgentes y a hurtadillas— imposibles de olvidar. No es que las tengamos presentes en nuestro día a día, claro; pero basta una chispa, un dato que nos transporte al pasado o una sutil coincidencia para que nos acordemos de él o ella. A veces no es solo una chispa; es una llamarada. Como cuando se produce el reencuentro. 

Un reencuentro pasados casi 40 años 

Iván (51) pasó algunos veranos de su infancia (entre los 12 y 15 años) en un pueblo de la sierra madrileña, donde unos primos suyos poseían una casa. Sus padres alquilaban un chalé cercano, rústico y con amplio y descuidado jardín, contiguo asemanas, algo más. “Me gustaba Inés, la pequeña”, rememora. “Me parecía guapísima; por primera vez me fijaba en la belleza de una chica. Era algo muy casto, muy de niños; ni siquiera nos besamos. La que me besó, eso sí, fue la hermana mayor; quizá estaba en una fase más avanzada y quería experimentar. Lo recuerdo perfectamente: estábamos en su jardín una noche, y me preguntó si me gustaba su hermana. Le dije que sí, y entonces ella me besó”. Al término del verano, Iván e Inés se dijeron adiós sin dramas; en realidad no había habido nada a lo que poner punto final. 
Divorciado hace dos años, Iván fue invitado por uno de sus primos a pasar unos días en la casa que estos aún conservan en dicha localidad. Una noche, el anfitrión organizó una cena para un grupo de amigos de la sierra…, y de repente, la cara de una de las asistentes le pareció a Iván tremendamente familiar. 

“Era Inés. No la reconocí enseguida, ni ella a mí. Teníamos la sensación de que nos habíamos visto antes, pero no sabíamos de qué. ¡Habían pasado casi 40 años!”, explica Iván. Al parecer, la joven Inés había seguido veraneando allí muchos años más y había terminado formando parte de la pandilla de los primos de Iván, grupo que seguía manteniendo el contacto. “Quizá porque nos unía un hilo inexplicable, nos pusimos a hablar. Al cabo de un rato, caí en la cuenta. Le dije: ‘Ya sé de qué te conozco. Tú veraneabas en una de las casas que hay al final de la calle. Un año yo ocupé la de al lado. Tienes una hermana mayor que llevaba gafas entonces’. Ella lo confirmó, y nos invadió una gran alegría”. 

Inés también se había divorciado, y aunque no otras tres o cuatro edificaciones idénticas. Las últimas vacaciones, una familia con dos hijas de su edad se alojó en la casa de al lado. De forma natural, el niño, hijo único, y las niñas empezaron a compartir juegos, charlas, meriendas y sesiones de tele por las tardes. Y al cabo de unas conocían nada el uno del otro —ni de su vida, sus costumbres, sus gustos, su carácter— iniciaron una relación que dura hasta hoy. “Estamos muy bien. Siento que conozco a mi pareja de toda la vida. Hay algo como acogedor y entrañable en todo esto”, calibra Iván. “Ella me dijo que también guardaba un recuerdo muy bonito de aquel primer verano. Poco a poco he ido descubriendo a la mujer en que se ha convertido aquella niña preciosa, y estoy encantado. Lo que no le he revelado, porque me parece innecesario, ¡es que su hermana me besó!”. 

Los romances juveniles, destinados al éxito 

Algunas de estos amoríos adolescentes tienen más enjundia de lo que cabría pensar y los reencuentros pueden deparar muchas alegrías. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Pública de California (EEUU) halló que las personas que han reavivado romances juveniles tienen un 76% de posibilidades de permanecer juntas, en comparación con un 40% de posibilidades de éxito en el resto de la población. Las parejas atribuyeron su prosperidad sentimental al hecho de haber vuelto a encontrar a las que consideraban sus almas gemelas y a una mayor madurez. 

“Si ninguno de los dos se ha casado a los 30, nos casamos” 
La historia de Iñaki (53) no difiere mucho de la de Iván; solo se distingue en que nunca dejó de ver a Esther con regularidad. “Todos los veranos pasábamos unos días en el pueblo de nuestros respectivos padres. Nos conocemos desde que teníamos tres o cuatro años”, recuerda él. A medida que crecían, pasaron de perseguir lagartijas a intercambiar besos al anochecer. “Una vez le dije: ‘Si ninguno de los dos se ha casado al cumplir los 30, nos casaremos”. No hubo ocasión de materializar la propuesta: al entrar en la universidad, ambos empezaron nuevas relaciones y más tarde se casaron con otras personas y tuvieron hijos. Cuando llegaba el verano, coincidían en el pueblo, pero las antiguas correrías románticas ya solo eran un borroso recuerdo del pasado. 

Esther se divorció hace cinco años, y cuando Iñaki pasó por el mismo trance años después, de forma natural renació el interés mutuo. Mientras probablemente sus hijos recreaban sus antiguas andanzas el caer el sol, ellos se iban a cenar o a pasear junto al río, conversando hasta altas horas de la noche. “De pronto, nos volvimos inseparables”, dice Iñaki. 

“Fue como revivir aquel amor de verano”. 

“Nunca pensé que volviera a mi vida” “Nunca esperé que Esther volviera a mi vida y que aquellos devaneos adolescentes pudieran reproducirse mucho tiempo después”, asegura Iñaki. “En un momento complicado para mí, fue como atracar en un puerto conocido”. Al término de las vacaciones decidieron seguir viéndose. 
 
“El reencuentro fue tan especial, nos entendimos tan bien, que simplemente nos parecía un crimen dejarlo morir ahí… Decidimos probar si aquel enamoramiento sobrevivía en otoño, entre nuestras ocupaciones y obligaciones diarias, y resultó que sí. Te da que pensar: si fue bonito hace 40 años y es bonito ahora, ¿quizá debimos estar siempre juntos? Nunca lo sabremos, pero la vida nos llevó por caminos distintos y gracias a eso tenemos unos hijos maravillosos y una madurez que nos hace apreciar en toda su complejidad lo que tenemos ahora"

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