sábado, junio 04, 2022

Elegia

A los grandes hombres se les descubre ya tarde. Y esto es, porque para descubrir a un hombre grande, necesita uno tener grandeza personal, y esa no es abundante en ninguna sociedad; es normal pues, que a un hombre grande no se le reconozca a tiempo, y menos en su propia sociedad. Por eso, de los hombres grandes, siempre hablamos en pasado; invariablemente decimos: fulano dijo o hizo; muy raramente diremos: fulano dice. 

Generalmente, cuando se sigue a alguien en vida, es porque ese alguien reúne condiciones que sus seguidores, secretamente anhelan tener y se siente alentados cuando lo descubren, y aliviados porque se dicen a sí mismos: “por fin alguien dice lo que yo quería decir y no me atreví”, “qué bien, él hablará por mí, dirá lo que durante tanto tiempo he querido decir, y yo no correré riesgo alguno”. Pero en este caso, casi nunca se trata de hombres grandes, sólo se trata de hombres populares; y su popularidad dura lo que cualquier moda: con el mismo entusiasmo que ahora se siguen, mañana se desechan por la nueva moda en turno. Y es que, para diferenciar a un hombre grande de uno popular, debemos utilizar el filtro del tiempo: este pone a cada quien en su lugar; porque nos ubica a cada uno de nosotros en nuestra verdadera realidad, nos elimina las pasiones de lo momentáneo y hace que las cosas caigan por su propio peso. 

Ésa es una característica de los hombres grandes: no reconocerlos a tiempo. Las personas que crucificaron a Jesús, nunca se dieron cuenta que estaban matando a un hombre que iba a cambiar la historia; siempre creyeron que se estaban deshaciendo de un estorbo: de uno más de los innumerables mesías o libertadores que aparecen con frecuencia en toda sociedad que se siente perdida y ansía con vehemencia a un líder o un pastor al cual seguir. Primero, la sociedad esta descompuesta, y luego aparecen los falsos líderes. ¿Cómo distinguir a un líder verdadero de un impostor? Para ello es necesario conocer la historia de la humanidad y de cada pueblo, y ver las características que en su momento tuvieron los falsos líderes y los verdaderos… quien desconoce la historia, está condenado a caer en los mismos baches que otros ya cayeron. Un falso líder siempre está relacionado con las muchedumbres, con el populismo, con los gritos, con las pasiones, con las decisiones que hacen ruido, con los cambios radicales, con tumbar, con destruir, con hacerlo todo de nuevo, con “ahora sí hacerlo todo bien”: responde a los corajes del momento, no a la decisión razonada y prudente con la que se sembraría un árbol o se saca adelante una empresa. 

A los grandes profetas, en su tiempo, se les atacó; no encajaban en la sociedad: eran un parche mal pegado. Pero después, los recordamos con reverencia y los mencionamos como una fuente de sabiduría, y nos decimos: ojalá los hubiéramos conocido a tiempo. Sí, ya cuando pasa el tiempo, después de que se amansan las pasiones, voltea uno hacia atrás y puede reconocer con seguridad a los buenos líderes de los malos. Pero se necesita que se acaben las exaltaciones: Mientras que uno tiene un enardecimiento en la cabeza, el razonamiento está nublado y no ve uno lo obvio. 

Podríamos decir que, si a alguien le reconocemos su grandeza a tiempo, es señal de que no fue más grande que el promedio de nosotros, que era de nuestro mismo tamaño, porque lo pudimos reconocer; o bien… que nosotros fuimos lo suficientemente grandes como para darnos cuenta de la grandeza que teníamos ante nuestros ojos: y tuvimos la sabiduría necesaria para percatarnos de su valor, y la humildad necesaria para reconocerlo. Y sí, eso puede suceder: siempre hay un numero de personas sensatas en cualquier sociedad, pocos desde luego, pero sí los hay. 
 
Nuestro amigo pasó por nuestro mundo, regando todos nuestros días, con palabras llenas de sabiduría; pero no muchos nos dimos cuenta de ello: algunos seguíamos charloteando nuestras payasadas infantiles, mientras él impartía sentencias; y por ello no nos dimos cuenta de que lo vimos pasar por nuestro mundo y que compartió nuestro tiempo. Lástima de quienes no se percataron de su existencia… ellos se lo perdieron; enhorabuena por quienes, si lo pudieron notar, pues ellos enriquecieron sus vidas con la abundante fuente que manaba de su existir. 
 
Este hombre era nuestro Sócrates, era nuestro Platón, era nuestro Aristóteles; y por eso en nuestro tiempo, sólo fue un estorbo, alguien que nos incomodaba, porque no festejaba nuestras payasadas, porque no seguía el paso de nuestras niñerías, porque decía sólo cosas raras, que la mayoría no podía entender. 

Algunos son como un campo que nunca se cultivó, como una mente que, nunca conocido un libro, ni una idea nueva o diferente; simplemente nació y creció en el campo de su mente, la yerba que buenamente quiso crecer, como se le dio naturalmente hacerlo: se quedó como estaba. Lejos de ser un jardín bellamente cultivado, fue siempre como un campo salvaje que permaneció siempre en su existencia primitiva y natural; desearíamos soñar con que se hubiera convertido en un campo de cultivo ricamente productivo, pero nunca hubo una mano que lo cultivara, que lo plantara, que lo arreglara.

Hay cosas que son propias de una edad, y en su momento son graciosas. Así, un niño puede colgarse un trapo en la espalda, y soñar que es un superhéroe; y en esa edad, se entiende, se justifica y es gracioso; Pero si lo mismo vemos haciendo a un viejo de 60 y tantos años, ahí ya no funciona y en vez de festejarle su ocurrencia, nos apenará su estado mental. Algunas personas nunca crecieron mentalmente: Después de los 60 años, siguen pensando como cuando tenían 16; nunca entendieron las reglas de la vida, y siguen creyendo que son un superhéroe, y que, con su varita mágica, compondrán el mundo a su manera y que todos tendrán que adaptarse a su manera personal de pensar. Y así actúan en la vida, y así actúan políticamente y así van por el mundo, descomponiendo lo poco que funciona, y soñando que ellos sí compondrán el mundo. Aunque sólo sean hábiles para hallarle defectos a lo que otros hacen, pero incapaces de hacer que una cosa bien hecha les funcione. 

Nuestro amigo fue grande… y ahora lo recordamos con agradecimiento y nos damos cuenta, tardíamente, que cuando el grueso del grupo decía tonterías y sandeces, él aportaba una palabra sabia, que volvía el río desbordado a su cause y nos dejaba a todos un buen sabor de boca y una sonrisa en el alma. Lo vamos a recordar siempre, estoy seguro de ello, porque sus frases acertadas y prudentes seguirán sonando en nuestro recuerdo cada que sean propias para el momento que estamos viviendo. Y lo vamos a recordar, porque es una regla básica de la vida, que, pasado el tiempo, aquilatemos adecuadamente a quien realmente nos benefició y olvidemos a quien, en su momento, lo hicimos popular entre todos, porque nos decía lo que nosotros queríamos oír. El hombre grande, con el tiempo se hace más grande; el bufón, nos puede hacer reír de satisfacción cuando dice lo que queremos que diga, pero cuando muere, con él muere su recuerdo o si permanece, lo hace como un referente de la estupidez, del modelo de lo que no debe hacerse. 

A ti te vamos a recordar amigo, todos los aquí presentes, y conforme pase el tiempo, tu recuerdo crecerá en nuestra memoria; como crece un árbol bien plantado, como florece un campo bien cultivado; porque tú fuiste un buen hortelano, porque tu mano sabia y prudente, supo poner la semilla a tiempo y cultivar nuestra tierra con sabiduría; y te recordaremos, cada que saboreemos el fruto exquisito de cada una de tus frases, en el momento exacto en que la necesitemos y aparezca en nuestra memoria . 

 Por Javier Contreras 

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