En tiempos de Santana, en la primera mitad del siglo XIX,
había dos grandes corrientes de pensamiento, sobre cómo
debería de organizarse la administración de México. Unos
pensaban que debería de hacerse una república y otros
pensaban que debería de establecerse un reino.
Los que querían una república, suponían que la mejor
forma de gobernar un país, es imaginarse que está regido por
leyes que obliguen a todos y que definan lo que es correcto
de lo que es incorrecto (no lo que cada quien crea que es
correcto o incorrecto): todos iguales ante la ley.
Los que querían que hubiera una monarquía, se
imaginaban que había unos que eran mejores que otros, por
ejemplo, la nobleza; y por lo tanto ellos deberían de gobernar
sobre los otros, sobre los menos capaces: ese es el principio
de la monarquía: no son todos iguales; hay unos que son
más capaces que otros… y por eso, estos deben imperar
sobre los demás.
Cada grupo defendía sus argumentos: los que tenían
privilegios, querían que hubiera una monarquía, que un rey
nos gobernara y que hubiera diferentes tipos de obligaciones
y derechos para cada uno de los dos grupos sociales: la
nobleza con derecho a mandar sobre el resto de la población;
y el pueblo sin tener capacidad legal para oponerse a la
nobleza. Era una forma de organizarse sobre la base: unos
mandan y otros obedecen, y mientras que todos actuemos
de acuerdo a este orden establecido, “todos” vamos a ser
muy felices.
Después de analizar estas dos formas de pensar, nos
queda claro que lo más conveniente para todos, es formar
una república. En una república, la línea que separa el bien
del mal, es la ley. Es la ley quien define quién hace bien y
quién hace mal. A quién se debe premiar porque hace bien
y a quién se debe castigar porque hace mal. Todo eso está
previamente escrito en la ley: Y todos deben de conocer la
ley, para que sepan cómo conviene actuar. Pero la ley la
hacemos entre todos y entre todos acordamos qué podemos
considerar que es bueno y qué podemos considerar que
es malo. Las leyes las hacemos entre todos, o si somos
muchos y no nos podemos juntar todos en un solo salón para
ponernos de acuerdo, entonces elegimos un representante
por una cantidad determinada de nosotros, al que llamamos
diputado; él nos representa y dice en el congreso lo que
nosotros le decimos que diga: es nuestro vocero, es nuestro
servidor.
Pero en el siglo XIX, la gente que tenía privilegios, no los
quería perder; por eso insistiendo en que hubiera un rey, para que hubiera nobleza, para que hubiera dos capas sociales,
para que hubiera dos tipos de leyes, para que esas leyes les
favorecieran a ellos.
Y cuando no pudieron lograr que hubiera un rey, entonces
aceptaron que hubiera una república; pero un reino disfrazado
de República..
En una república, el gobierno se divide en tres poderes:
uno que hace las leyes, otro que las ejecuta y otro que juzga
si se cumplió o no la ley. A los que hacen las leyes se le llama
poder legislativo y son los diputados y senadores.
Los que
tienen el compromiso de cumplir y hacer cumplir la ley, se le
llama poder ejecutivo y son los presidentes de la república
o gobernadores, según el caso. Los que tienen el deber de
juzgar, si la ley se cumple adecuadamente, son los jueces; y
en conjunto le llamamos poder judicial.
Un principio básico de una república, es que los tres
poderes no queden en una sola persona; porque de ser así,
automáticamente sería un reino disfrazado de república,
sería una simulación… sólo que al rey, en vez de llamarlo
rey, se le nombrará presidente, pero en la práctica sería rey.
Los filósofos de la época de La Ilustración, que son
los que inventaron el concepto de república moderna, se
dieron cuenta con gran sabiduría, que los seres humanos
cometemos muchos errores; y que cualquier ser humano,
por sabio y justo que sea, cuando acumula poder en sus
manos, se convierte en un tirano. Ellos sabían que el ser
humano es falible, que no se puede confiar en que éste será
un buen gobernante, sólo porque sea buena persona; pues
históricamente se ha demostrado que todos los que han sido
buenas personas, pero no están dispuestos a obedecer las
leyes, cometen tantos disparates por querer hacer lo que se
les antoja, sin respetar la ley, que después de su periodo de
gobierno, terminan siendo odiados, por las injusticias que
cometieron.
La única forma de evitar que la persona comete injusticias,
es que sepa que alguien lo está vigilando y lo puede castigar.
Así, si un presidente de una república, viola la ley, los jueces
lo juzgarán y lo castigarán. El presidente debe de saber
que no es el rey de un país, que no está por encima de la
ley, sino que él es el primer mandatario, no porque mande,
sino porque es el primero que está mandatado por la ley;
esto es, que es el primer obligado a cumplir y hacer cumplir
la ley.
Si un presidente de la república, pretender decirles a los
jueces, cómo hagan su trabajo, cómo juzguen cuando una cosa es correcta o incorrecta, estaría violando la
Constitución, al meterse en el campo de los jueces, que es
un campo que no le corresponde, y que él tiene la obligación
de respetar. Un presidente que dijera: no me digan que la ley
es la ley, estaría violando la Constitución, pues él cuando
tomó el cargo, protestó cumplir y hacer cumplir la Constitución
y las leyes que de ella emanen. No se trata de qué si él cree
que las leyes son buenas, las obedezca y si no, no; (ningún
ciudadano puede hacer eso y menos a quien se le paga
porque las haga cumplir).
No es la función de un presidente
de la República definir si una ley es buena o mala: A él sólo le
toca ejecutarla, cumplirla y hacerla cumplir.
Si una ley es mala, el presidente puede proponerles a
los diputados que la modifiquen, y estos tomarán la decisión
que crean más conveniente; porque esa es su función. Pero
entre tanto que se modifica o no, el presidente no puede
desobedecer una ley argumentando que ésta sea mala o
buena, porque esa no es su función: mientras que logra que
se modifique, lo que le toca es obedecerla y hacerla obedecer.
En el siglo XIX, a los que defendían los derechos de todos
y que sabían que la mejor forma de defender los derechos de
todos, es que todos nos guiemos por una misma ley y que
todos estemos obligados a obedecerla por igual, a esos los
conocemos como liberales: a ellos los encabezaba Benito
Juárez.
En el siglo XIX, los que temían perder sus privilegios, se
llamaban asimismo conservadores, porque trataban de formar
un estilo de gobierno que conservara sus privilegios. Cuando
ya no pudieron hacer un reino y se conformaron con hacer un
reino disfrazado de República, entonces inventaron un cuarto
poder que tuvieran autoridad sobre los otros tres poderes: a
este le llamaron SUPREMO PODER CONSERVADOR.
Éste supremo poder conservador, tenía la función de
que si no le gustaban las leyes que hacían los legisladores,
éste no las aprobaba y ya no funcionaban. Si no le gustaba
como juzgaban los jueces, echaba para abajo sus sentencias
y él decidía por los jueces, lo que era correcto. Era como si
en apariencia fuéramos una república, pero en la práctica,
una sola persona decidía lo que era correcto o incorrecto.
Era un dictador y los tres poderes de la república eran sus
achichincles, porque tenía que hacer todo como él quería. Era
una dictadura disfrazada de República.
Esta soberana estupidez en la forma de gobierno, funciona
actualmente en el país que se llama Irán: el gobierno de los
líderes religiosos llamados ayatolas. Ahí, oficialmente son una
república, y la gente vota por un presidente de la república y
por unos diputados, pero a todos ellos los debe de aprobar
primero el líder religioso del país. Ellos hicieron una revolución
para quitar el reino laico que había en Irán hasta 1979 y crear
una “república” a la que ellos llaman islámica, donde todo el
mundo tiene derecho a opinar, siempre y cuando opine como
el líder religioso.
De entre las estupideces que determina el gobernante
supremo, es que haya una policía que cuida la moral. Y lo que
ellos entienden por moral, y lo que cuida esa policía, es que las
mujeres traigan bien cubierta la cabeza con un paño negro. Y
hace pocos días supimos de una mujer que no aceptó que la
obligaron a llevar bien cubierta su cabeza, y la policía la llevó
a la cárcel, y de una manera no muy clara, ella murió ahí. La
gente salió a protestar y la policía metió en la cárcel a todos
los que protestaron y a muchos de ellos los ahorcaron. El
punto es: Tienes derecho a pensar, siempre y cuando pienses
como el líder.
Por este tipo de estupideces, en que llegan a caer los líderes
absolutos, es que es muy importante que nos aseguremos
de que nuestros gobernantes sepan que deben de respetar
la ley y que también pueden ser enjuiciados si no lo hacen.
Que el país y las leyes no están para que ellos las manejen a
su criterio o con el humor con el que hayan amanecido esta
mañana.
EPÍLOGO:
Históricamente, no ha habido una sola nación que haya
funcionado bien cuando se rige bajo la voluntad de un sólo
hombre… siempre han acabado en un caos.
Históricamente hablando, la única forma de qué funcione
una sociedad y se respeten los derechos de todos: es que
esta sociedad se rija por normas e instituciones; por leyes
hechas por todos y de común acuerdo con todos y que todos
se comprometan obedecerlas. Quien diga que “al diablo con
las instituciones”, o no sabe lo que dice o es un perverso.
Históricamente, siempre que un sólo hombre se impone
a la multitud, sea por la fuerza de las armas o de su
verborrea: siempre ha acabado esa nación en un caos; y el
líder, anteriormente vitoreado, al final termina desechado y
repudiado. Tal fue el caso de Mussolini en Italia, que después
de haber sido el amo indiscutible de su nación, terminó siendo
ahorcado y arrastrado por las calles de Milán, sin que las
personas encontraran la forma suficientemente horrible de
humillarlo y de desquitar en él su frustración, por el caos en
que convirtió a su nación.
Evitemos la existencia del Supremo Poder
Conservador.
Evitemos la dictadura de un sólo hombre.
Informémonos y analicemos; porque los más terribles
dictadores de la historia, han nacido de un pueblo desinformado
y fanatizado en torno a un supuesto salvador de la patria.
Javier Contreras
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